CAMPO DE ESPEJOS.

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Tras despertar del sueño, deambulo de nuevo por mi reconocible páramo. Lo encuentro sembrado de trozos de espejos copiando fragmentos de cielo que nunca ocurrieron. Las esquirlas cristalinas punzan mis dedos pero no me permito dejar de tocarlas.

Basta con parpadear para retirar una fina película tintada que deja ver los colores reales de mi alrededor. El cielo es ceniciento, como los árboles, que parecen calcinados. En las briznas de hierba apena asoma un pálido verdor, quizás sugerido por la paleta cromática del sentido común.

Huyo de súbitas corrientes de aire que parecen querer desgajarme a la mitad, usando la columna vertebral como linde y espejo. Los mismos que ahora me devuelven fragmentos de alguien en el que quería reconocerme.

Decido guarecerme en un espacio silente, ocupado en la tarea de recolectar reflejos para armar un puzzle.

Cuando lo acabe, le preguntaré quién es.

 

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LA CASA Y EL VIENTO.

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En las entrañas de la casa quemada las paredes cenicientas cierran las puertas para guarecer un secreto. Los suelos de carbón crujen, pero no hay pisadas que produzcan esa melodía cadenciosa.

Es el aire.

La casa se estremece. ¿Por dónde entró? Las puertas y contraventanas aletean, furiosas, cerrando huecos que no existen. Los jirones de viejos sueños danzan a merced de la corriente. La casa transmuta en barco azotado por una inédita tempestad.

Nada detiene ese aire nuevo.

Un viejo piano se alía con el incorpóreo extranjero. El aire acaricia sus cuerdas y las despierta de golpe, sin golpes. Las notas llenan los pasillos y las abandonadas habitaciones. El allegro avanza

Halla el secreto en la más recóndita estancia.

La casa escondía una habitación intacta, incluso cálida, repleta de cerámicas. Por allí no parecía haber pasado el incendio de los días. La casa, temiendo perder su último vestigio, se encoje ante el próximo estruendo.

El aire acaricia la delicada colección.

En vez de perderlo todo, esa corriente saca delicadas voces de la boca de jarrones y vasos. Las paredes de hollín contemplan como las cristalinas palabras las atraviesan. La madera cruje al unísono. La antigua casa se desentierra.

Puertas y ventanas vuelan trazando la rosa de los vientos.

Inundada por el sol, la casa comprende su error. Debía haber colocado las cerámicas en un salón exterior. Al alcance de la más mínima brisa. No tras una trampa insalvable para la luz y los vientos.

Poco importa, pues ya aprendió.

Ya el hilo del día la cruza en todas direcciones con tal fuerza que se diría que la podría levantar en vilo.

Desde fuera se alcanza a escuchar la melodía de la cerámica. Los nuevos vientos las acompañan al piano.

La casa canta.

La casa vive.

CARRETERA EN LLAMAS

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PIEZA SURREALISTA.

Un hombre te muestra los antecedentes mientras te adelanta en una carretera atestada de ambulancias. Te mira a los ojos con sus pupilas de gas y te grita que nunca sacarás tu vehículo entero de allí. Que mejor lo dejes, que te acuestes en el arcén a ver pudrirse el cielo mientras los días lo asaetan, impasibles.

Ese tipo en ese coche cada mañana a una hora indeterminada baja de su vehículo y se asegura que estas allí y tú quieres conducir a un sitio nuevo que promete un mejor mañana bajo cielos verdes con nubes cobrizas. Así que te quedas, exasperado por estar a punto de ponerte en camino, vigilado por ese tipo mientras la carretera arde. Te preguntas si podrás salir de allí si buscas la postura cómoda en el arcén y consigues despertarte atravesando el asfalto mientras ambulancias vacías flotan como si hubiesen olvidado la gravedad.

Atado a la tierra tras haber descubierto un lugar donde ir antes de perder los mapas y vagar sin rumbo por rotondas que llevan a carreteras secundarias.

MAPAS VIVIENTES.

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¿Pretendes cartografiar las olas del mar?

Llegan, con fronteras de espuma, y se van.

 

¿Eres de los que quiere enmarcar el tiempo, sin más?

Revelas la memoria en papel satinado, tiempos que brillan.

 

¿Puedes hacer inventario de los cielos

que nos vieron juntos?

 

¿Cómo, si no aspiras a eso, pretendes

pasar a palabras lo que nos une?

 

¿Eres de los que viven con prisa la prosa,

mides los versos, catalogas los besos,

pasas a limpio los días que transcurren?

 

Difícil oficio el describir lo inaprensible,

patria de poetas de métricas inconexas.

Paladar ocular de lo breve,

Palabras encarnadas en las sienes,

Notario de latidos,

Escriba de los sentidos.

 

CONSTRUCCIÓN, DEMOLICIÓN.

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Bajó las escaleras áureas con cautela. En uno de los giros consiguió fragmentar en un mosaico la oscuridad reinante. Cada tesela reflejaba un instante de su vida. Estaba sumergido entre fotogramas que avanzaban veinticuatro frames si entrecerraba los ojos.

Sintonizó su corazón con un metrónomo que latía en adagio en algún lugar de las profundidades. Tras diez minutos, ya no sabía si el pulso estaba bajo sus pies o bajo sus costillas.

He llegado a la sala de máquinas, se dijo.

Cuando intentó arrancar los momentos más amargos de su memoria la arquitectura se precipitó en trescientos sesenta grados. Cada punto cardinal era un pilar de carga en aquel lugar erigido por un minucioso desconocido, archivero de las huellas de aquel hombre.

Es demasiado tarde, gritó.

Aprendió a no alterar la estructura de aquel lugar. Moviendo fragmentos del ayer se deshizo a sí mismo.

ARRESTO.

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Derribaron la puerta. Lo encontraron entre velas y libros. Él los observó por encima de sus gafas sin mostrar sorpresa.

Contó con cierta satisfacción como había intentado “volar por debajo del radar”. Había comprado la comida pagando en efectivo y había recogido agua de ducha para el aseo. Incluso programó un bot para que continuase su vida en redes sociales.

“Falló su programa automático” dijo uno de los agentes. “Lleva un mes en silencio.”

Sonrió. Se puso en pie y extendió las manos.

“¿Qué quería hacer durante este encierro? Puede negarse a contestar.”

“Escribir”

Con las manos esposadas dejó un marcapáginas en su cuaderno. Albergaba la esperanza de volver a hacerlo.

VELAS.

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Tiempo atrás, en un oscuro desván, ardía una vela. En lo alto las ventanas estaban rotas, dejando pasar corrientes de aire frío. Al vaivén de aquellos golpes, la llama tropezaba como un marinero incandescente en una tormentosa travesía. Aguantaba, más siempre parecía estar a punto de agotarse.

Un buen día, en un fugaz instante, alguien colocó otra vela a su lado. Aquella no era una vela cualquiera.

Al aura, cálida y tranquila, quizás se debía su insólito esplendor.

Poco tiempo bastó para que los pies de cera se derritiesen, quedando unidos. Podía decirse que eran una sola vela provista de dos mechas.

Desde entonces aquel gran desván alberga menos sombras, ha perdido su apariencia inhóspita. Las corrientes siguen entrando de cuando en cuando, pero ambas velas lo resisten. Juntas.

 

CAMINO.

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Dejo estas letras amontonadas,

señal de piedras herméticas

junto al recodo del camino.

 

Si vuelvo a pasar por aquí

tras un buen trayecto

rememoraré inciertos pasos.

El ardor por descubrir,

el desgranar de las horas,

el paisaje del porvenir.

 

Si el camino no resultase,

si llegara a un barranco,

se perdiera en el bosque

fuese ilusión de viajero,

con un nudo en la memoria

podré apartarlas de mi vista,

como el que evita

mirar una herida.

 

Anhelo de camino,

con un pie puesto,

dispuesto,

a falta de caminar.

 

AMOR CONSTRUIDO.

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Dame de tus besos de amianto,

que protegen y envenenan.

 

Dame de tus ojos de cristal tintado,

que impiden ver lo que encierran.

 

Dame de tus manos de mármol,

que son perfectas tallas heladas.

 

Dame de tu corazón de cemento,

que de no latir, no se agrieta.

 

Dame tu amor construido.

Dame, aunque vivir en él no pueda.

 

LABERINTO.

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Desciframos en la penumbra mapas trazados por cartógrafos ciegos que quemaron todos sus apuntes en un arrebato de locura.

Palpamos la tierra efervescente al arrojarnos de la cama tras un mes y un día de ensamblar horas bajo el metrónomo del insomnio.

No nos valen esos mapas viejos llenos de tachones. Queremos nuestros propios papeles en blanco para apuntar nuestros pasos perdidos.

Buscamos anudar relámpagos bajo la cúpula oscura mientras arrojamos pastillas y rosarios que no cuentan nada del camino.

Nacerás del laberinto.

Te encontraremos aunque ya no te conozcamos.

Lo haremos, aunque perdamos nuestra cordura.