GOTA.

De las hojas brotadas de la noche pende una congelada gota. Inmaculada en su arquitectura recién creada, casi extinta. La brisa la conmueve como una célula de proporciones bíblicas. Entornado el ojo que culmina la pirámide se nos dibuja una ciudad de encendido lapislázuli. Abigarradas torres de hormigón en flor cuajadas de pétalos eléctricos. Un bocado estelar en geometrías negras.

La futura ciudad que no llegará a amanecer se arrodilla ante la marea de niebla cuajada, níveo corazón pulsante de la efímera burbuja del mundo.

Previo a la eclosión la silueta hiriente de un gran caballo de plata emerge del viscoso cielo. Montura titánica, latente humedad, inerte ciudad de cristales volátiles. Un apocalipsis dentro de una gota de rocío colgada, como un fruto onírico, del gran árbol del firmamento.

Una gota luminosa pende de una rama oscura.

Imagen de Pitsch en Pixabay

PALABRAS PINTADAS.

Pronuncie con especial cuidado el nombre de cada color vivo que recoge esta sutil estampa. Hágalo para que los que se encuentran tras los muros reciban una migaja del crisol del arco iris.
No les cuente si esta fotografía guarda para usted algún sentido. Usted no lo conoce todo, no se sienta obligado a cartografiar la nomenclatura completa.


Solo deje que los colores fluyan.


Que cada letra anteceda a la sorpresa posterior. Pinte un lienzo con tubos llenos de letras. Así como hago yo, como intento hacer de mí. Pues no hay ni fotografía ni colores ni desdichados extramuros de ciegos cromáticos y nostálgicos.


Sin embargo, por un instante, deletree naranja, añil, celeste, verde, magenta. Hágalo. Añada letras, pigmentos. Subraye con pinceladas furiosas un leve suspiro al recordar un sueño.
Hágalo durante unos segundos. Fotografíe con palabras una realidad suya, fútil, huidiza.


Así leeremos sus colores.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

OBRA PERSONAL

Luz entrecortada, existencia intermitente.

Agregar texturas al lienzo para otorgar realismo táctil a la vista. Detener un instante a la niña que corre por la terraza para cincelarle los rasgos en la memoria.

Definir la obra. Meter los dedos agudos en la pintura seca para girar el ángulo y descubrir, al fin, lo que se escondía tras la abstracción.

No valen las palabras arrojadas a las paredes. Todas son medias mentiras. Todos son fragmentos de la misma incomprensión.

Buscarnos entre las paredes luminosas de ese museo.
Encontrar a alguien que nos quiera contemplar.

Imagen de espeis en Pixabay

VIDA EXTERIOR.

Quise perderme entre las encías de la ciudad. Calles inertes útiles apenas para asignar números correlativos a cada edificio. Una árida urbe de resquicios en el que apenas entra aire, espuma oxigenada filtrándose en el rompeolas en primera línea de desierto.

No me había cruzado con nadie. ¿Qué ciudadano cuerdo vagaría en el exterior? ¿Qué curiosidad no podría verse satisfecha si el mundo llegaba a través de las paredes digitales instaladas en cada habitáculo? Mis pasos despertaban el eco durante aquella fechoría inmaculada.

Era mi lugar soñado. Lo admito. Mis viajes oníricos son cercanos. De noche flotaba en laberintos de hormigón. De día recolectaba ventanas frías como acuarios, oxidadas rejillas y viejos aparatos acondicionadores de aire. De noche dejaba a mi mente montar un nuevo collage, llegar cada vez más lejos en aquellos paseos sin pasos. Un coleccionista de fachadas. Un fisgón somnoliento.
Me deslizaba sin rumbo rebotando en cada esquina. Un pachinko que sustituía la esfera cromada por un cerebro sediento.
Esta vez conseguí un gran premio.

Observé el fenómeno iluminado como si fuese un pariente al que esperaba a la salida de una estación. Una sorpresa premeditada. Bajo las grises cataratas petrificadas una lámina circular oscilaba, flotando sobre el cuadrado patrón del suelo. La abisal criatura de las profundidades urbanas despedía la cálida luz de un privado amanecer. Su envoltura acuosa estaba provista de filamentos que danzaban como una hierba mamífera.

Un sol líquido entre la niebla de granito. Una célula. Un principio.

Con éxtasis científico registré en mi cerebro la danza de su interior. Un cardumen de figuras iridiscentes flotaba en el estanque vertical. Distinguí medias lunas esmeraldas, nerviosas espirales magentas, vivaces e irregulares triángulos de lapislázuli. A cada parpadeo mío una aurora boreal oleaginosa cruzaba su superficie. Como si nos hubiésemos encontrado en el cruce de lo improbable dos vecinos de universos.

¿Cuánto tiempo nos observamos? El suficiente para desterrar de mi memoria el inerte catálogo de fachadas y llenarme de aquella danza. Flotaba, sin más, con la naturalidad del enésimo árbol en un bosque. Derramando atractivo ámbar, invitándome a bañarme en su líquido vital.

Supe cuando era el momento de marchar. Así lo sentí cuando el prodigio se infiltró en mi alma susurrando un rumor que tomé como despedida.

No tomé foto alguna ni pronuncié una palabra. Llegué a casa y apunté los detalles en este cuaderno, lejos de las redes, de los bots, de los cables, de los ojos enmarcados en cerraduras.

Desde entonces mis sueños han sido menos rectos y más abstractos. Menos reales y predecibles. Más anárquicos y acogedores.

Aquí queda ese encuentro con lo mágico. Hablarlo con mis ajenos vecinos me convertiría en un señalado, un loco. O aún peor, alguien al que creerían mejor, un elegido para aquel encuentro. Alguien que deambulando se encontró con una visión mística, un ser, un plano, un todo.

Yo no soy mejor o distinto a ellos. Si cualquiera hubiese abierto una puerta para salir de su vivienda habría visto lo mismo.

La vida en un callejón trasero.

Image by fransteddy from Pixabay

PROCESIONES.

La camarera deposita el té en la mesa con desmedida amabilidad.

De la taza se eleva cierto recuerdo a incienso. Una memoria que pespuntea el final de marzo.

Lo remuevo. La cucharilla suena a rumor de palio.
Le acerco la nariz. Me huele a cirio y acera.
Me lo llevo a la boca. Sabe a incienso y a cornetas. A vencejos taciturnos, callejones ámbar y tambores por los balcones.

De pequeño no me gustaban ni las procesiones ni las infusiones. Me cegaban las aglomeraciones. Me abrumaban las comitivas y solo bebía batidos que traía el espigado Vicente en una bandeja plateada.

Y sin embargo las echo de menos. Añoro esos tiempos de escuadra y cartabón, de trimestres, boletines, sirenas y días largos. Siento nostalgia de aquellas hileras de capirotes, misterios y tormentos seguidas por promesas anónimas y un carro con manzanas de caramelo.

Recuerdo aquellos días donde el asombro estaba a cada paso y no había que buscar los sutiles aromas de la niñez en un chai latte con leche de almendras mientras suena el tema de moda en tik tok donde los famosos muestran las estampas de su juventud.

DEFENESTRAR.

¿Qué sabré de obispos ni de piedras? Ni de catacumbas, ni de palmeras vistas desde el cielo, ni de parusias, ni del omega. ¿Qué sabré yo, que estoy aquí en el púlpito disimulando, intuyendo en los ojos de los fieles lo que ansían escuchar? ¿Qué sabré yo si no salgo de aquí? Si mi cielo está enladrillado, si no soy más que un ministro sin cartera, uno que escucha rumores, uno que escribe sin mirar.

¿A quién pretendo engañar? Disminuido mi sentir, soy el taquígrafo del juicio eterno. Soy un versículo de sombra, el undécimo mandamiento. ¿Por qué me escuchan? ¿Qué pretenden averiguar? ¿La razón, el por qué, el inicio o el final? Dejen un sitio libre, que con ustedes me he de sentar.

No escuchen mi voz. Solo aprendí esta lección. El teléfono está comunicando, no hay nadie con quien hablar.

Pueden quedarse aquí, si lo prefieren. Apaguen las velas. Yo estoy ciego ya.

Imagen de Andrew Martin en Pixabay

OBSERVANTE.

Me he observado a través de ojos ajenos pintados en recodos rupestres. Allí donde la amígdala vela por los inocentes feroces. Allí donde cree controlar el juego de naipes huecos.

Me he observado entre las cegueras mutuas sin saber encontrarme en el catálogo, la columna, la fila, el artículo y una foto de carnet en el que estoy de espaldas bajo un signo de interrogación pendular.

Me he observado entre las tinieblas y he sacado de allí a bulto, al tacto, al descarte.
He sacado de allí lo que he creído ser yo.

Imagen de Florence D. en Pixabay

BOCETOS PARA EL FIN DEL MUNDO.

Un titánico puño de humo se alzó tras las torres del templo. La columna se convulsionó, transformándose en una gaseosa gárgola, oscura piedra flotante liberándose de un encierro.
Mis ojos esculpían miedos en el cielo.

Rápidas pinceladas de color llegaban, huyendo, del otro lado del puente. Ligeros vestidos de fiesta, estandartes caídos de un ejército desertor.
Creyentes incapaces de soportar las imágenes predicadas.

Expresiones hieráticas, ojos pintados incapaces de mirar atrás. Ropajes de Gauguin, máscaras de El Greco. Rápidos pasos de Giacomo Balla, ominosos pesares de Goya.
Mis ojos pintaban terrores en el suelo.

En el templo se alzó la primera llama, ámbar fractal, inédita imitación maliciosa de un espantoso amanecer.
Desembocaban los fieles en la orilla acarreando sus pertenencias interiores. Vítores y escarnios, vicios, faltas, dudas. Oscuros equipajes en maletas de oro y purpurina.
Mis ojos escribían las noticias del suceso.

Cayó el templo, callaron los rezos. Sin las erguidas agujas se perdió, en un instante, el modo de encontrar el norte.

Quería advertirles que, tras disiparse el humo, aún resistiríamos. Que olvidasen las imágenes, las metáforas, los cánticos y las culpas. Que podíamos pintar lo que quisiéramos sobre aquella gran mancha negra. Que éramos pinceladas en un cuadro mayor, una colosal obra abstracta, un cosmos impresionista.

¿Pero cómo iba a decirles todo aquello? No era su pintor, su escultor ni su cronista.
Solo era otra mancha de color, un puñado de polvo, una historia mal escrita.

RESCATE LITERARIO.

Solía encontrarse con libros abandonados con bastante frecuencia.

A veces deambulaba entre calles desconocidas y un leve zarpazo profundo le llevaba a elegir una nueva dirección para su siguiente paso. Los recibía asintiendo, con la naturalidad del que encuentra algo que dejó en un lugar. Ejemplares sueltos o pequeñas bibliotecas usando un poyete como repisa.

Aquellos eran, suponía, herencias depositadas en el contenedor de papel más próximo. Esperando a ser rescatadas.

Pocas veces dudaba con llevárselos a casa. Solo dejaba atrás con algo de pena los muy estropeados, los volúmenes desparejados de enciclopedias o los que, por cantidad, no podía acarrear. De esos últimos siempre se acordaba con la nostalgia de una bonita estampa encontrada en un viaje.

Se llevaba a casa trozos de vida de otras personas. Historias que habían llamado su atención o que les habían regalado. Leerlos era imaginar otros dedos, otros ojos recorriendo sus páginas. Otras vidas alrededor de esas páginas. De alguna manera no leer solo.

A veces miraba su colección y se preguntaba si, de alguna manera, aquellos títulos podrían estar buscándolo.

Como si esas historias lo estuviesen rescatando a él.

Imagen de Ag Ku en Pixabay

INTERMITENTE.

Enciende. Apaga. Enciende. Apaga.

Intermitente. Avisando el camino que piensas tomar. Atención, este vehículo tiene planeado girar.

Enciende. Apaga. Enciende. Apaga.

Llama electrónica horizontal, led futurista integrado en la estilizada carrocería blanca.

Enciende. Apaga. Enciende. Apaga.

El vehículo lleva días aparcado. Su propietario olvidó dejar de telegrafiar su plan. El automóvil, traicionando su esencia, se encuentra el pie de una vieja tapia. Hierba, barro y moho reptan por ella. Amenazan con infectarlo.

Enciende.

Apaga.

Enciende.

No hay más planes. No se moverá de ahí. Mandando señales como un faro en el desierto. Presa del asfalto.

Enciende.

No hay más caminos. Solo una débil señal de cambio.

Apaga.