PALABRAS. NADA.

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(EJERCICIO SURREALISTA.)

Palabras derramadas desde el horizonte apagado, cuando el vigilante de las letras ni siquiera se encuentra mirando sus formaciones de tinta a través de las ventanas de la cúpula de hueso.

Cuando es ahí dentro donde se forjan las frases que no existen con un ligero hierro somnífero que se calienta en el cubil de la inconsciencia y tras golpes de teclado derivan en palabras espadas que sondean el cielo para colocarse sobre la noche como las tres potencias divinas.

Palabras que no salen de ningún sitio ni responden a llamadas, como respiraciones abiertas en mitad del sueño que se afanan en el que el durmiente no deje su fantasía a medias.

Minutos de nadie con palabras en diáspora, cual tablero de ouija de creación automática. Mensajes que fueron olvidados antes de emitirse. Existencia pretendida contada en caracteres por línea.

Letras apelmazadas que se escurren a través de una puerta abierta. Los restos del día servidos en bandeja de plata. Hambre de escribir, manos ansiosas que recopilan monedas llovidas sobre la almohada. Rumores de vecinos que aún no se acuestan. Balbuceos confundidos fruto de la fiebre. Acrósticos deslavazados, autores clásicos horrorizados, vacío argumental, giros insospechados.

Pretendidos ritmos per se. Cajones de cartas esquilmados por el viento. Raps en la pared de espíritus constreñidos en la casa del utilitarismo. Pilares sintácticos que sostienen edificios diseñados en fase r.e.m. para no ser habitados.

Estática que se funde con la dinámica diástole-sístole. Fogonazos tendidos entre puentes neuronales. Un hombre dictando del vacío. Unos dedos que escriben. Palabras que corren.

Nada.

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INTERCAMBIO.

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Me había propuesto seguirlo. Tenía claro por qué lugares se movía, fue cuestión de un par de intentos dar con él. Salía de un edificio en ruinas plantado en mitad de una intersección. Miró al cielo y luego a su reflejo en los charcos del asfalto. Se encomienda a dios y al diablo, pensé. Se acomodó el abrigo y comenzó a bajar la calle.

Él había dejado la puerta metálica abierta a su espalda. Sentí que había tenido un golpe de suerte; todo indicaba que no volvería por allí.

Caminamos por separado. No tenía por qué sospechar. Solo era aquel que jugaba a filtrarse por la ciudad durante el día. ¿Por qué alguien iba a seguirlo? Porque era mi deber. Mi destino. Me pertenecía. Debía vigilarlo, hacer inventario de sus pasos perdidos. Censar sus errores. Cuidar de él en la distancia.

Sin embargo, se plantó en mitad de la solitaria acera. Se dio la vuelta.

Supuse que me había llevado hasta allí de manera intencionada. Un callejón trasero sin accesos ni escondites. Estaba al descubierto, como un ciervo en mitad de la carretera.

 

Era la primera vez que cruzábamos la vista. Estaba convencido de que podría reconocerlo en mitad de un vestíbulo abarrotado. Creía conocer sus facciones. Por encima de su abrigo solo asomaba un brumoso rostro, facciones hechas de oscura niebla agitada, como una pompa rellena de humo gris. Era él, pero solo estaba convencido porque lo había visto salir de uno de sus lugares de peregrinaje. Si lo perdía de vista no volvería a encontrarlo.

Me hizo una señal con la mano antes de volver a caminar. Quería que lo siguiese. Estaba jugando conmigo. Aquella no era una de sus rutas. Vagamos por calles sin nombre, acercándonos cada vez más a las orillas de la ciudad. Iba a escaparse.

Repasé su repertorio de trucos. Las distancias cortas eran su debilidad. Tenía que echarme encima de él antes de que nos juzgase el crepúsculo. Apreté el paso. Él siguió al mismo ritmo. Dejamos atrás los edificios, perdiéndonos entre parcelas sin edificar pobladas por vegetación salvaje y quebradiza. Estábamos saliendo de la ciudad y del propio mundo al parecer. Bajo el pulso encarnado del cielo apareció un estrecho y oscuro puente sin iluminar.

Supe que iba a perderlo.

Intenté gritarle como último recurso. De mi boca solo salió un ulular de ventisca. Algo estaba cambiando. Él se giró una última vez. Llevaba mi cara. Sonreía. Era como mirarme al espejo de madrugada. Alzó los hombros.

-Era el momento.-Gritó.

El hombre se colocó el cuello del abrigo. Fijó sus pasos a la dirección del puente. El cielo se apagó. Caminó sin que lo siguiese su sombra.

SILLA.

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La silla cruje las ausencias. Cuando dejas una silla desocupada en una habitación la madera se expande. Buscándote. De madrugada parece querer moverse, celosa del colchón, porque sin ti apenas ocupa una esquina sombría.

De madera son los lamentos que callamos, las ausencias que padecemos. Con el respaldo recto pretendemos hacer pasar los días, como si supiésemos con certeza del regreso del cuerpo habitante. Crujen nuestros sueños. En la mañana no quedan astillas.

Como la madera de la silla que cruje al levantarse. Así echamos de menos.

 

CAMPO DE ESPEJOS.

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Tras despertar del sueño, deambulo de nuevo por mi reconocible páramo. Lo encuentro sembrado de trozos de espejos copiando fragmentos de cielo que nunca ocurrieron. Las esquirlas cristalinas punzan mis dedos pero no me permito dejar de tocarlas.

Basta con parpadear para retirar una fina película tintada que deja ver los colores reales de mi alrededor. El cielo es ceniciento, como los árboles, que parecen calcinados. En las briznas de hierba apena asoma un pálido verdor, quizás sugerido por la paleta cromática del sentido común.

Huyo de súbitas corrientes de aire que parecen querer desgajarme a la mitad, usando la columna vertebral como linde y espejo. Los mismos que ahora me devuelven fragmentos de alguien en el que quería reconocerme.

Decido guarecerme en un espacio silente, ocupado en la tarea de recolectar reflejos para armar un puzzle.

Cuando lo acabe, le preguntaré quién es.

 

LA CASA Y EL VIENTO.

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En las entrañas de la casa quemada las paredes cenicientas cierran las puertas para guarecer un secreto. Los suelos de carbón crujen, pero no hay pisadas que produzcan esa melodía cadenciosa.

Es el aire.

La casa se estremece. ¿Por dónde entró? Las puertas y contraventanas aletean, furiosas, cerrando huecos que no existen. Los jirones de viejos sueños danzan a merced de la corriente. La casa transmuta en barco azotado por una inédita tempestad.

Nada detiene ese aire nuevo.

Un viejo piano se alía con el incorpóreo extranjero. El aire acaricia sus cuerdas y las despierta de golpe, sin golpes. Las notas llenan los pasillos y las abandonadas habitaciones. El allegro avanza

Halla el secreto en la más recóndita estancia.

La casa escondía una habitación intacta, incluso cálida, repleta de cerámicas. Por allí no parecía haber pasado el incendio de los días. La casa, temiendo perder su último vestigio, se encoje ante el próximo estruendo.

El aire acaricia la delicada colección.

En vez de perderlo todo, esa corriente saca delicadas voces de la boca de jarrones y vasos. Las paredes de hollín contemplan como las cristalinas palabras las atraviesan. La madera cruje al unísono. La antigua casa se desentierra.

Puertas y ventanas vuelan trazando la rosa de los vientos.

Inundada por el sol, la casa comprende su error. Debía haber colocado las cerámicas en un salón exterior. Al alcance de la más mínima brisa. No tras una trampa insalvable para la luz y los vientos.

Poco importa, pues ya aprendió.

Ya el hilo del día la cruza en todas direcciones con tal fuerza que se diría que la podría levantar en vilo.

Desde fuera se alcanza a escuchar la melodía de la cerámica. Los nuevos vientos las acompañan al piano.

La casa canta.

La casa vive.

CARRETERA EN LLAMAS

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PIEZA SURREALISTA.

Un hombre te muestra los antecedentes mientras te adelanta en una carretera atestada de ambulancias. Te mira a los ojos con sus pupilas de gas y te grita que nunca sacarás tu vehículo entero de allí. Que mejor lo dejes, que te acuestes en el arcén a ver pudrirse el cielo mientras los días lo asaetan, impasibles.

Ese tipo en ese coche cada mañana a una hora indeterminada baja de su vehículo y se asegura que estas allí y tú quieres conducir a un sitio nuevo que promete un mejor mañana bajo cielos verdes con nubes cobrizas. Así que te quedas, exasperado por estar a punto de ponerte en camino, vigilado por ese tipo mientras la carretera arde. Te preguntas si podrás salir de allí si buscas la postura cómoda en el arcén y consigues despertarte atravesando el asfalto mientras ambulancias vacías flotan como si hubiesen olvidado la gravedad.

Atado a la tierra tras haber descubierto un lugar donde ir antes de perder los mapas y vagar sin rumbo por rotondas que llevan a carreteras secundarias.

MAPAS VIVIENTES.

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¿Pretendes cartografiar las olas del mar?

Llegan, con fronteras de espuma, y se van.

 

¿Eres de los que quiere enmarcar el tiempo, sin más?

Revelas la memoria en papel satinado, tiempos que brillan.

 

¿Puedes hacer inventario de los cielos

que nos vieron juntos?

 

¿Cómo, si no aspiras a eso, pretendes

pasar a palabras lo que nos une?

 

¿Eres de los que viven con prisa la prosa,

mides los versos, catalogas los besos,

pasas a limpio los días que transcurren?

 

Difícil oficio el describir lo inaprensible,

patria de poetas de métricas inconexas.

Paladar ocular de lo breve,

Palabras encarnadas en las sienes,

Notario de latidos,

Escriba de los sentidos.

 

CONSTRUCCIÓN, DEMOLICIÓN.

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Bajó las escaleras áureas con cautela. En uno de los giros consiguió fragmentar en un mosaico la oscuridad reinante. Cada tesela reflejaba un instante de su vida. Estaba sumergido entre fotogramas que avanzaban veinticuatro frames si entrecerraba los ojos.

Sintonizó su corazón con un metrónomo que latía en adagio en algún lugar de las profundidades. Tras diez minutos, ya no sabía si el pulso estaba bajo sus pies o bajo sus costillas.

He llegado a la sala de máquinas, se dijo.

Cuando intentó arrancar los momentos más amargos de su memoria la arquitectura se precipitó en trescientos sesenta grados. Cada punto cardinal era un pilar de carga en aquel lugar erigido por un minucioso desconocido, archivero de las huellas de aquel hombre.

Es demasiado tarde, gritó.

Aprendió a no alterar la estructura de aquel lugar. Moviendo fragmentos del ayer se deshizo a sí mismo.

ARRESTO.

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Derribaron la puerta. Lo encontraron entre velas y libros. Él los observó por encima de sus gafas sin mostrar sorpresa.

Contó con cierta satisfacción como había intentado “volar por debajo del radar”. Había comprado la comida pagando en efectivo y había recogido agua de ducha para el aseo. Incluso programó un bot para que continuase su vida en redes sociales.

“Falló su programa automático” dijo uno de los agentes. “Lleva un mes en silencio.”

Sonrió. Se puso en pie y extendió las manos.

“¿Qué quería hacer durante este encierro? Puede negarse a contestar.”

“Escribir”

Con las manos esposadas dejó un marcapáginas en su cuaderno. Albergaba la esperanza de volver a hacerlo.

VELAS.

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Tiempo atrás, en un oscuro desván, ardía una vela. En lo alto las ventanas estaban rotas, dejando pasar corrientes de aire frío. Al vaivén de aquellos golpes, la llama tropezaba como un marinero incandescente en una tormentosa travesía. Aguantaba, más siempre parecía estar a punto de agotarse.

Un buen día, en un fugaz instante, alguien colocó otra vela a su lado. Aquella no era una vela cualquiera.

Al aura, cálida y tranquila, quizás se debía su insólito esplendor.

Poco tiempo bastó para que los pies de cera se derritiesen, quedando unidos. Podía decirse que eran una sola vela provista de dos mechas.

Desde entonces aquel gran desván alberga menos sombras, ha perdido su apariencia inhóspita. Las corrientes siguen entrando de cuando en cuando, pero ambas velas lo resisten. Juntas.