TIRADAS

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Hay tesón en tus renuncios. Hay efervescencia carnal en cada giro de manos. Cuidas la caligrafía en las tiradas del tarot.

Trazas una minuciosa ruta para deambular por el desierto. Pulidos cristales devueltos por las olas de la memoria. Resuelves cuentas en el dorso de una servilleta.

Magníficos planes dignos de ser

arrastrados por las tormentas.

CIUDAD DE LA MEMORIA.

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Las ráfagas de aire emborronan la orilla de las sombras. Paisaje maldito disuelto en aguadas nostálgicas, pasos perdidos en asfaltos sin rumbo. Calles del olvido.

Peatones funambulistas entre dos mundos. Papeles con direcciones lanzados al aire. Números escritos con tiza bajo aguaceros cotidianos.

“Estamos perdidos” parecen musitar los ladrillos que nos amparan. “No nos encontramos” exclaman los portales.

Desalmado callejero desarmado. Recuerdos desmadejados.

Cabezas ardientes. Espíritus oxidados.

Estamos perdidos si apenas nos acordamos.

ROCA.

Pasó mucho tiempo hasta que la roca se supo viva. Su epifanía fue repentina, abrupta. Comprendió que todo el dolor que se transmitía por su ser no era propio de un objeto inanimado.

El llanto la convirtió en alguien, fiel reflejo de su llegada al mundo.

Ser vivo e inerte, sensible en un mundo detenido. Eterno paciente a la espera de un traslado erosivo o de una grieta que lo engullese todo.

Piedra viva. Anhelados cataclismos.

roca Palabras Peculiares microrelato ilustrado

CIUDAD EFÍMERA.

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Piensa en la desequilibrada luz noctámbula, desprotegiendo la arquitectura, desnudándola hasta despojarla de sentido, de pie, de dirección.

Una ciudad soñada al filo del despertar, inútil en lo efímero, construida hasta las fronteras de la comprensión para ser vista un segundo.

Escenario de una película para espectadores durmientes.

 

TALLA.

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Islotes pulidos en el desierto inundado. Aguas lamosas, rojizas, se contornean al pie de los cristales.

Los habitantes resbalan por las caras planas, caen sin remedio, sin un lugar donde agarrarse, cautivos del cieno oleoso bajo los bellos tallados.

Su sustento, su mayor peligro.

El ácido sol rebota en la tierra congelada.

Ciegos, deambulan hacia su final.

Sin embargo, no se lamentan. Se saben sujetos a ese equilibrio, necesitados de todo lo que se acaba con ellos.

No pueden más que respirar.

En la tierra sin escondites,

la talla hostil.

No caben promesas de tierra firme. Lamentarían no haberla descubierto años antes. Tantas voces perdidas habiendo un lugar en el que guarecerse.

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EMERGENCIA.

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– Usted olvidó obtener su copia plastificada con esquemas didácticos a cuatro tintas de los procedimientos de emergencia a bordo. No por ello debe usted enroscarse en el asiento, no se lamente por las desgracias que están por venir. Si deja de sollozar, le diré que el piloto apenas sabe volar. Hace una semana ocupaba el asiento cuatro-c. El aparato vuelta solo y los pasajeros se bajan en marcha. Disfrute de las vistas.

 

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Tweets (7)

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NAUFRAGIOS PASADOS.

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No enviaré a más hombres allí abajo.

No los mandaré a rescatar recuerdos naufragados. Cuando descienden a la penumbra de las profundidades, los ojos herrumbrosos de los precios los observan.

Sus carnes de metal abiertas muestran sus huesos de hierro.

Entonces recuerdan sus propias desdichas y se internan en los cuerpos varados, entre los intestinos de las moles de metal.

Allí abajo rumian.

Ante oxidados recuerdos extraños, a base de suspiros de nostalgias ajenas, agotan el oxígeno.

 

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HERIDO.

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Se sentía cansado sin saber el porqué. Cada mañana se sacaba a rastras de la cama para plantarse ante la ciudad gris tras las ventanas. ¿Qué me pasa? se preguntaba en el pasillo aún dormido.

Se llevó la mano al costado. Al retirarla, la sintió espesa, pegajosa. Estaba cubierta de sangre. No. No era sangre. En el líquido púrpura flotaban pavesas de un azul eléctrico. El fluido caía al suelo del pasillo y los destellos se precipitaban hacia el techo. ¿Qué sangre era esa? ¿Cómo no le podía doler una herida así?

Se acercó a la cama. Despertó a su mujer. Sería lo primero que vería aquel día. Iba a asustarse. Él necesitaba compañía en el miedo. Ella abrió los ojos. Le sorprendió su serenidad. ¿Por qué no saltaba de la cama? Tenían que ir al hospital.

Ella se destapó. En mitad de su pecho había una herida similar. Derramando su interior, pero sin manchar la cama.

El mundo rodó hasta el abismo. La ciudad fue negra tras los cristales.

Tranquilo, dijo ella, todos estamos heridos. Solo necesitamos tiempo para darnos cuenta.

Dejó la cama. Su figura le pareció frágil. Su cuello delgado amenazaba con quebrarse. Su pelo rojizo ahora parecía un augurio. La ciudad retomó el color al amparo de su carne blanca.

Voy a preparar café. No tardes.

Ella ocupó el pasillo que ya amanecía. Se palpó de nuevo el costado. Seguía derramándose. Pero no había dolor en la piel. Solo había una grieta en su cuerpo. Algo desconocido escapaba de su interior.

Se acercó a la ventana. Alguien bajaba la acera. Tenía la mano en el estómago.

Todos estaban heridos.