CONSTRUCCIÓN, DEMOLICIÓN.

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Bajó las escaleras áureas con cautela. En uno de los giros consiguió fragmentar en un mosaico la oscuridad reinante. Cada tesela reflejaba un instante de su vida. Estaba sumergido entre fotogramas que avanzaban veinticuatro frames si entrecerraba los ojos.

Sintonizó su corazón con un metrónomo que latía en adagio en algún lugar de las profundidades. Tras diez minutos, ya no sabía si el pulso estaba bajo sus pies o bajo sus costillas.

He llegado a la sala de máquinas, se dijo.

Cuando intentó arrancar los momentos más amargos de su memoria la arquitectura se precipitó en trescientos sesenta grados. Cada punto cardinal era un pilar de carga en aquel lugar erigido por un minucioso desconocido, archivero de las huellas de aquel hombre.

Es demasiado tarde, gritó.

Aprendió a no alterar la estructura de aquel lugar. Moviendo fragmentos del ayer se deshizo a sí mismo.

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ARRESTO.

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Derribaron la puerta. Lo encontraron entre velas y libros. Él los observó por encima de sus gafas sin mostrar sorpresa.

Contó con cierta satisfacción como había intentado “volar por debajo del radar”. Había comprado la comida pagando en efectivo y había recogido agua de ducha para el aseo. Incluso programó un bot para que continuase su vida en redes sociales.

“Falló su programa automático” dijo uno de los agentes. “Lleva un mes en silencio.”

Sonrió. Se puso en pie y extendió las manos.

“¿Qué quería hacer durante este encierro? Puede negarse a contestar.”

“Escribir”

Con las manos esposadas dejó un marcapáginas en su cuaderno. Albergaba la esperanza de volver a hacerlo.

VELAS.

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Tiempo atrás, en un oscuro desván, ardía una vela. En lo alto las ventanas estaban rotas, dejando pasar corrientes de aire frío. Al vaivén de aquellos golpes, la llama tropezaba como un marinero incandescente en una tormentosa travesía. Aguantaba, más siempre parecía estar a punto de agotarse.

Un buen día, en un fugaz instante, alguien colocó otra vela a su lado. Aquella no era una vela cualquiera.

Al aura, cálida y tranquila, quizás se debía su insólito esplendor.

Poco tiempo bastó para que los pies de cera se derritiesen, quedando unidos. Podía decirse que eran una sola vela provista de dos mechas.

Desde entonces aquel gran desván alberga menos sombras, ha perdido su apariencia inhóspita. Las corrientes siguen entrando de cuando en cuando, pero ambas velas lo resisten. Juntas.

 

CAMINO.

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Dejo estas letras amontonadas,

señal de piedras herméticas

junto al recodo del camino.

 

Si vuelvo a pasar por aquí

tras un buen trayecto

rememoraré inciertos pasos.

El ardor por descubrir,

el desgranar de las horas,

el paisaje del porvenir.

 

Si el camino no resultase,

si llegara a un barranco,

se perdiera en el bosque

fuese ilusión de viajero,

con un nudo en la memoria

podré apartarlas de mi vista,

como el que evita

mirar una herida.

 

Anhelo de camino,

con un pie puesto,

dispuesto,

a falta de caminar.

 

AMOR CONSTRUIDO.

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Dame de tus besos de amianto,

que protegen y envenenan.

 

Dame de tus ojos de cristal tintado,

que impiden ver lo que encierran.

 

Dame de tus manos de mármol,

que son perfectas tallas heladas.

 

Dame de tu corazón de cemento,

que de no latir, no se agrieta.

 

Dame tu amor construido.

Dame, aunque vivir en él no pueda.

 

LABERINTO.

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Desciframos en la penumbra mapas trazados por cartógrafos ciegos que quemaron todos sus apuntes en un arrebato de locura.

Palpamos la tierra efervescente al arrojarnos de la cama tras un mes y un día de ensamblar horas bajo el metrónomo del insomnio.

No nos valen esos mapas viejos llenos de tachones. Queremos nuestros propios papeles en blanco para apuntar nuestros pasos perdidos.

Buscamos anudar relámpagos bajo la cúpula oscura mientras arrojamos pastillas y rosarios que no cuentan nada del camino.

Nacerás del laberinto.

Te encontraremos aunque ya no te conozcamos.

Lo haremos, aunque perdamos nuestra cordura.

EL OCASO DEL REY.

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Un enemigo paciente hizo doblar la rodilla al Rey.

Este, que siempre se creyó en posesión de todas las cosas que la vista abrazaba, no descubrió el puñal entre las sombras hasta que fue tarde.

¡Ay!, ved al Rey apretándose el corazón, tropezando con sus tesoros, cayendo al fin, inerte, bajo el ocaso de un afilado ventanal.

El Rey, que todo lo tuvo, que todo lo pudo, perdió la vida a manos de un leal compañero.

Alguien que quiso alertarlo de su último destino y al que desoyó entre algarabías, cascadas de monedas, cantos y risas.

En el último instante miró al sol de poniente y, ahogado en miedos pero libre de su corona, recordó que era hombre mortal y que su fiel sirviente, el tiempo, le había clavado su último segundo.

RECUERDOS VIVOS.

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Recuerdo la casa, el sonido que producía bajo el levante, las olas reflejadas en las ventanas. Las paredes de salitre.

No recuerdo el jardín de atrás. Prefiero quedarme en esta casa desparejada, sentado en el escalón, viendo cómo te movías entre el viento.

Cuando vas a la parte de atrás, temo perder tu recuerdo. Pero ahí sales otra vez. Entera, sana, como solo puedes estarlo en la memoria.

No quiero recordar el jardín de atrás, allí te pierdo. Cuando te fuiste estabas sola, absorta en el cielo de acero.

No quiero recordarte sobre la hierba del jardín trasero. Te prefiero delante, bajo el sol. Sin darte cuenta de tu admirador desde el mañana.

 

SACRIFICIO (2)

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Desde aquí podía contemplarse la atalaya de los Hombres Justos.

Eso fue antes del fuego, de las voces espinosas, las manos hambrientas de oro. Los cuchillos ansiosos cortando carne alrededor de las ideas.

La columna de dolor tapó el bosque. Después la atalaya. Ya no podíamos verlos. Los Hombres Justos quizás se retiraron. A través del humo, confiábamos en que aún estaban allí. Luchábamos en su nombre.

Matamos por los ausentes.

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SACRIFICIO. (1)

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Sus hombres cayeron, uno a uno, a los pies de su enemigo. Él no hizo ni un pequeño gesto. En la cima de la colina, sobre su caballo tan negro como el corazón de la tierra quemada, vio como derramaban su vida escarlata sobre la hierba sin recordar sus nombres

Espoleó su caballo. Sin distorsionar la línea del horizonte trotó hasta su campamento. Allí, otros cien hombres estaban dispuestos a cambiarse por él. Mañana tendría otros cien.

Daría la orden de que lo diesen todo. No le importaban nada.