Quise perderme entre las encías de la ciudad. Calles inertes útiles apenas para asignar números correlativos a cada edificio. Una árida urbe de resquicios en el que apenas entra aire, espuma oxigenada filtrándose en el rompeolas en primera línea de desierto.
No me había cruzado con nadie. ¿Qué ciudadano cuerdo vagaría en el exterior? ¿Qué curiosidad no podría verse satisfecha si el mundo llegaba a través de las paredes digitales instaladas en cada habitáculo? Mis pasos despertaban el eco durante aquella fechoría inmaculada.
Era mi lugar soñado. Lo admito. Mis viajes oníricos son cercanos. De noche flotaba en laberintos de hormigón. De día recolectaba ventanas frías como acuarios, oxidadas rejillas y viejos aparatos acondicionadores de aire. De noche dejaba a mi mente montar un nuevo collage, llegar cada vez más lejos en aquellos paseos sin pasos. Un coleccionista de fachadas. Un fisgón somnoliento.
Me deslizaba sin rumbo rebotando en cada esquina. Un pachinko que sustituía la esfera cromada por un cerebro sediento.
Esta vez conseguí un gran premio.
Observé el fenómeno iluminado como si fuese un pariente al que esperaba a la salida de una estación. Una sorpresa premeditada. Bajo las grises cataratas petrificadas una lámina circular oscilaba, flotando sobre el cuadrado patrón del suelo. La abisal criatura de las profundidades urbanas despedía la cálida luz de un privado amanecer. Su envoltura acuosa estaba provista de filamentos que danzaban como una hierba mamífera.
Un sol líquido entre la niebla de granito. Una célula. Un principio.
Con éxtasis científico registré en mi cerebro la danza de su interior. Un cardumen de figuras iridiscentes flotaba en el estanque vertical. Distinguí medias lunas esmeraldas, nerviosas espirales magentas, vivaces e irregulares triángulos de lapislázuli. A cada parpadeo mío una aurora boreal oleaginosa cruzaba su superficie. Como si nos hubiésemos encontrado en el cruce de lo improbable dos vecinos de universos.
¿Cuánto tiempo nos observamos? El suficiente para desterrar de mi memoria el inerte catálogo de fachadas y llenarme de aquella danza. Flotaba, sin más, con la naturalidad del enésimo árbol en un bosque. Derramando atractivo ámbar, invitándome a bañarme en su líquido vital.
Supe cuando era el momento de marchar. Así lo sentí cuando el prodigio se infiltró en mi alma susurrando un rumor que tomé como despedida.
No tomé foto alguna ni pronuncié una palabra. Llegué a casa y apunté los detalles en este cuaderno, lejos de las redes, de los bots, de los cables, de los ojos enmarcados en cerraduras.
Desde entonces mis sueños han sido menos rectos y más abstractos. Menos reales y predecibles. Más anárquicos y acogedores.
Aquí queda ese encuentro con lo mágico. Hablarlo con mis ajenos vecinos me convertiría en un señalado, un loco. O aún peor, alguien al que creerían mejor, un elegido para aquel encuentro. Alguien que deambulando se encontró con una visión mística, un ser, un plano, un todo.
Yo no soy mejor o distinto a ellos. Si cualquiera hubiese abierto una puerta para salir de su vivienda habría visto lo mismo.
La vida en un callejón trasero.
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