TEMPORAL.

En la tarde sin luz,donde el pájaros aventados cruzan el océano suspendido. En el tiempo sin hora donde los pergaminos caducos naufragan delatando la corriente con su trazado hipnótico. En la hora donde la ciudad se escabulle bajo el cielo caído. En ese periodo, frío e inhóspito, se hace recuento de padeceres.

Y enhebra la ventolera con la memoria, fotografías instantáneas dispuestas sobre una mesa. Polaroids carentes de profundidad donde el dolor no enseña, solo se coloca en mitad de la sala a gritar tu nombre. Ese escenario forense no se desarma por el vendaval, son sus silbidos, fuera, los que acompasan la escena de investigación íntima.

Pero vienen nubes a las que no les preocupa la cola de la borrasca. Que se precipitan sin culpa, que son cautivas de una corriente mayor.

Nubes que vienen y van. Recuerdos que permanecen.

En la tarde sin luz, al abrigo del clima hostil, su ulular abre las contraventanas de la memoria, aletean las cortinas y permiten al auto vouyer medirse sus penurias.

Y enhebra el temporal y el tiempo.

EREMITA.

Nadie vive en las colinas incisivas. Pues cortan el ánimo cuando se transitan de noche. Nadie queda allí, encaramado en la piedra amarga, puesto que el mero roce hace que se añore la gravedad. Nadie persiste allí, dicen los amparados por la llanura, puesto que la cumbre es yerma, los ríos, salinos, los caminos esquivos y el bosque, voraz.

Si es así, ¿quién enciende aquella luz, allá en lo alto? Ojo de cerradura candente, punto ignominioso para los llanos, acicate para noctámbulos curiosos.

¿Quién vive donde nada vive?

Nadie.

MODULOR.

El Modulor saluda a lo lejos, con la mano extendida. Comparándote en silencio con la medida de todas las cosas.

Se alza al final de la avenida brutal, de huesos cementados sin pudor, de bases abiertas a los afluentes rodantes.

A lo lejos, el Modulor, se asemeja a un guardia de tráfico dejando pasar a una fila de insomnes peatones sobre puentes de estrías blancas.

Con su mano llega a lo alto, sabiendo que allí podrá atraparte. “Baja de esa bruma por encima de tu cuello y cruza la calle antes de que la luz se encarne”.

Construyeron al Modulor para darle medida al entorno. Para borrar del papel la idea infantil de las casa de lápiz con tejados en punta.

Él es nuestro hijo que creció para mandar en casa. En la ciudad, construida a su son, llega a todas las ventanas y en la noche te susurra al oído que estás descuadrado.

Observo al Modulor desde mi estrecha ventana. Permanece recortado en el cielo, perenne, con la mano levantada.

No te saluda. Te reclama.

FOTOGRAMAS QUEMADOS.

Los zapatos no se gastan cuando caminas en sueños. Flotas en tu interior en un ejercicio de laparoscopia psíquica que olvidas con el primer pestañeo de la mañana.

Las nubes en ruinas no registran tus pisadas, mientras su arquitectura se prolonga en un caleidoscopio de espejos enfrentados, memorias fractales oscurecidas en la distancia, donde el olvido reverdece las vivencias y deambulan las sombras culpables. Arqueólogos subconscientes con minúsculas botellas de oxígeno que prenden la punta de la idea para grabarse en la conciencia diurna.

Sueños de luces barrocas, pintados sobre el negro de la noche antes que la luz vele sus resonancias. Anhelado viaje inmóvil en llanuras bañadas por las aguas de la inconsciencia. Un coro griego despliega las caretas de gente que una vez conociste. Los escenarios abocetados se deslizan a tu alrededor. Forillos cubistas que enhebran presente y pasado ante un aforo inexistente.

Una obra representada por y para el protagonista.

El estallido del despertador corta de manera abrupta el celuloide. Ecos nocturnos que se queman bajo la lente de la consciencia como un fotograma bajo la lámpara. En esos momentos conviven realidad y ficción, impostura y verdad, mirar y ver.

Esos fotogramas quemados sustancian estas letras.

EL MORRO.

Al observarlo en profundidad me dí cuenta de que aquel no era el puerto que yo tenía en el recuerdo.

El antiguo era poco más que una lengua de hormigón coronado de piedras cuadriculadas. Un paseo con el ancho suficiente para el paso de personas y algún coche a poca velocidad. A lo largo del paseo encontrabas cañas de pescar encajadas en las grietas del cemento, amarres azules y una furgoneta Pegaso que vendía aperitivos por el día y bocadillos por la noche. La península minúscula estaba rematada por una superficie en forma de coma, apuntada por un pequeño faro verde encaramado a una torre. Podías aventurarte un poco más allá y sin que ningún cartel te lo prohibiese, caminar por la costura de las piedras que recortaban las olas.

Aquel era el paseo de la memoria.

Ahora se había convertido en una galería de negocios, terrazas, mercadillos, tiendas de ropa, atracciones y un museo con extrañas visiones en el interior de su carcasa blanca. Veía el paseo actual atravesado por el vaivén de gentes en los bares cubículos, patinetes de alquiler, barcazas de paseo y veleros amarrados, cabeceando como caballos esperando trotar. Allí, en aquel paseo de la memoria,  mi padre me contaba que los escuálidos barcos que esperaban en los viejos amarres estaban decomisados por la Guardia Civil.

Ahora podías ir de compras donde antes retenían los barcos del contrabando.

Y no me entiendas mal. No lo observé con amargura. Oponerse a que el paisaje transmute al compás del tiempo es como querer amansar las mareas con gestos.

Es solo que El Muelle Uno, el viejo morro, se había vuelto complejo. Como nuestra visión de las cosas cuando crecemos.

SECRETOS.

Una revelación era una sensación derivada de la inseguridad que podía sorprender a alguien con poca preparación, nunca a alguien tan alerta como él. Es lo que habría contestado si le hubiesen preguntado al respecto.

Sin embargo la verdad le asaltó, súbita.

Se desplazó las gafas de pasta hasta la frente y se pinzó el entrecejo, como si al hacerlo pudiese eliminar esa sensación de vacío. Había hecho méritos para ascender en la organización con un solo fin. Saber la verdad. Para él mismo, una verdad egoísta no destinada a ser divulgada. Año tras año había perseguido aquella meta siendo inflexible en interrogatorios, recabando información de brumosos informadores, descartando rumores. Siendo un agente.

Se dio cuenta de que solo había llegado a ser la cola de león. En la sala de madera panelada estaba rodeado de otros agentes de graduación superior. Tenían acceso a informes sin censurar, a líneas internas, memorandos, secretos de estado contados a la lumbre de un cigarrillo. Allí estaban, a su alrededor, detrás, dedicándole miradas furtivas.

Quizás lo sabían todo de él.

 

Se miró las manos cruzadas por capilares y manchas. No le quedaba tiempo para llegar a alcanzar la verdad. Había querido ver más allá de los párrafos censurados con gruesas líneas negras y quizás aquello solo suponía una parte a la que tenía acceso. Podía haber mucho más.

No lo sabía.

Esa fue su epifanía. Desconocía cuánto sabía, cuánto le quedaba por averiguar y el tiempo del que disponía. Habría querido excusarse, salir de la sala de reuniones. Buscar respuestas en el contorno de la ciudad entre la niebla.

Pero se quedó allí, sentado, oyendo como otros agentes debatían de asuntos sobre los que no sabía nada.

ÁRBOL EN LLAMAS.

Solo alcanzo a recordar los caminos tendentes a las malas soluciones, escoltados por árboles en llamas de malos augurios.

Solo alcanzo a recordar la disrupción de eventos de difícil sabor que atropellaban a los incautos peatones que acudían al calor de las llamas arbóreas.

Solo alcanzo a recordarme a mí mismo, ansioso por lograr los frutos candentes, con las manos abrasadas mientra el camino, autónomo, trazaba su recorrido en zig zag entre mis huesos.

Solo alcanzo a recordar fuego, velocidad, gritos. Solo alcanzo a recordar que, pese a aquel cuadro expresionista, seguí en el camino.