EL OCASO DEL REY.

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Un enemigo paciente hizo doblar la rodilla al Rey.

Este, que siempre se creyó en posesión de todas las cosas que la vista abrazaba, no descubrió el puñal entre las sombras hasta que fue tarde.

¡Ay!, ved al Rey apretándose el corazón, tropezando con sus tesoros, cayendo al fin, inerte, bajo el ocaso de un afilado ventanal.

El Rey, que todo lo tuvo, que todo lo pudo, perdió la vida a manos de un leal compañero.

Alguien que quiso alertarlo de su último destino y al que desoyó entre algarabías, cascadas de monedas, cantos y risas.

En el último instante miró al sol de poniente y, ahogado en miedos pero libre de su corona, recordó que era hombre mortal y que su fiel sirviente, el tiempo, le había clavado su último segundo.

RECUERDOS VIVOS.

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Recuerdo la casa, el sonido que producía bajo el levante, las olas reflejadas en las ventanas. Las paredes de salitre.

No recuerdo el jardín de atrás. Prefiero quedarme en esta casa desparejada, sentado en el escalón, viendo cómo te movías entre el viento.

Cuando vas a la parte de atrás, temo perder tu recuerdo. Pero ahí sales otra vez. Entera, sana, como solo puedes estarlo en la memoria.

No quiero recordar el jardín de atrás, allí te pierdo. Cuando te fuiste estabas sola, absorta en el cielo de acero.

No quiero recordarte sobre la hierba del jardín trasero. Te prefiero delante, bajo el sol. Sin darte cuenta de tu admirador desde el mañana.

 

SACRIFICIO (2)

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Desde aquí podía contemplarse la atalaya de los Hombres Justos.

Eso fue antes del fuego, de las voces espinosas, las manos hambrientas de oro. Los cuchillos ansiosos cortando carne alrededor de las ideas.

La columna de dolor tapó el bosque. Después la atalaya. Ya no podíamos verlos. Los Hombres Justos quizás se retiraron. A través del humo, confiábamos en que aún estaban allí. Luchábamos en su nombre.

Matamos por los ausentes.

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SACRIFICIO. (1)

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Sus hombres cayeron, uno a uno, a los pies de su enemigo. Él no hizo ni un pequeño gesto. En la cima de la colina, sobre su caballo tan negro como el corazón de la tierra quemada, vio como derramaban su vida escarlata sobre la hierba sin recordar sus nombres

Espoleó su caballo. Sin distorsionar la línea del horizonte trotó hasta su campamento. Allí, otros cien hombres estaban dispuestos a cambiarse por él. Mañana tendría otros cien.

Daría la orden de que lo diesen todo. No le importaban nada.

 

TURISTAS.

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Viaje en primera con hotel y desayuno. Sábanas limpias, accesorios de baño, grandes vistas, wifi gratis. En la ciudad se puede bautizar en sus aguas, ver un trozo de su historia, ser un habitante más por unas horas.

Los visitantes traspasan la ciudad. Turistas-neutrinos que atraviesan la habitación de un hotel sin alterarla. Nadie la ocupa para siempre.

Desembarcan, gastan, consiguen recuerdos, desaparecen. Un punto donde hacer escala. Un lugar de tránsito.

Esta ciudad no los recuerda. Se cimenta en la amnesia. Ningún visitante es tan importante como para no dejar su habitación cuando dan las doce.

 

Hotel tránsito.

CUADERNO.

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Los vencejos cosen el cielo metálico del atardecer.
Yo no quiero llenar cuadernos con crespones negros.

Los miedos ya hablan bastante alto a través de las puertas.
Yo no quiero abrir páginas llenas de vocales dislocadas.

El metrónomo sueña de la mañana a la noche
y repite.

Yo no quiero barajar partituras de notas atenazadas
y bajas.

El mundo es sucio por momentos.
No pretendo pasarlo a limpio.

Escribir para poner ladrillos,
no para cerrar con maderos.

 

Tweets (8)

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SOMBRAS CHINESCAS.

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Las hojas en la rama de un árbol ejecuta una imitación cautiva del aleteo de un pájaro al compás del viento.

Una gran borrasca azul contornea en reflejo suspendido el contorno de una cordillera sobre la que hace equilibrio.

La mente de un loco se trasviste en compositor y sueña con sinfonías inéditas que se rompen en pedazos al alba.

Letras transmutadas en palabras que imitan sombras chinescas en la cabeza de un lector.

VERSOS INSERVIBLES.

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La poesía es inútil.

No es el Plan General de Ordenación Urbana. No es el temario que entra en un examen. No es la receta del Paracetamol. No son los Términos y Condiciones de una aplicación.

Es de su inutilidad de la que se desprende su surrealismo, su innecesaria presencia.

 

La poesía es un tipo pintado de verde

dando saltos en mitad de un ajetreado puente,

desgrana rimas fáciles o se deja sus sentidos

para que otros cuatro locos se den por aludidos.

 

La poesía es una psique declarada y decantada

la habitación del fondo bañada por una ventana.

 

Pinceladas de ansia y tiento,

versos hechos de pintura.

un paisaje taquigrafiado

en la orilla de la cordura.

 

La poesía no planea ciudades, no da títulos,

no alivia la fiebre, no se queda con tus derechos.

 

Va y sucede sola,

ya es bastante.

Son palabras cazadas

en senderos de nadie.

 

TE MIRO, TE BUSCO.

Mira que salgo a buscarte y parece que te escondes, asustada, entre portales.

Mira que intento despistarte en cada esquina, intentando no telegrafiar mis pasos sobre las teclas de las aceras. Mira que, con mucho cuidado y lápices afilados, trazo mi ruta en el callejero cerrando los ojos. Mira que, con todo, no logro encontrarte y me conformo con hacer censo de tus arquitecturas.

Mira que te busco y no te encuentro, ciudad.