DÉJAME REFLEXIONAR UN POCO.

¿Dónde entra la rueda de fuego en la ecuación de la carne?

Me explico. Carne, músculos, huesos, fibras, nervios…forman ese edificio sobre el que descansa un mago. Ese mago comparte elementos con el edificio y aún así es capaz de apartarse de ellos en periodos eléctricos: Sueños, inspiración, reflexión, credo, miedo, invención.

¿Cómo casa con la estructura pedestre, maravillosa, del cuerpo?

(Las reflexiones me llevan a estos lugares).

Esas ensoñaciones, visiones, imágenes, ¿parten en exclusiva del cerebro, del gabinete del mago?

¿O es un todo armonioso y ordenado el que lleva el caudal eléctrico a esas piezas sinfónicas volátiles e intangibles, (maravilloso es el arte que las trae de vuelta) formándolas en la frontera de los párpados?

Déjame reflexionar un poco.

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7:AM. TALADROS DE LUZ.

Taladros incandescentes que agujerean el sueño.

Son las siete de la mañana y mi cabeza ya ha sacado la primera imagen de la chistera. Las luces del baño, rizadas, helicoidales, representan esa primera chispa que une dibujo y palabra. La playa que separa la vigilia y el sueño es un terreno fértil para cultivar el surrealismo.

Las palabras, a veces, se enhebran solas. Otras se encasquillan y tienden a implosionar, a volver en esquirlas a ese lugar platónico que las ordena y significa. Todo depende de como estén afinadas las cuerdas eléctricas.

Todo se puede contar de manera más sencilla. Casa es casa. Árbol es árbol. Pero sus significados pueden precipitarse, confundirse, mezclarse en una partitura sin líneas que el cerebro se apresura a interpretar con las manos, receloso de que a mitad de camino se pierda alguna nota.

Dentro todo tiene sentido.

Son las siete de la mañana y las bombillas del cuarto de baño me han sugerido la imagen de dos brocas encendidas, taladrando esos minutos en el que el cerebro dormido camina a lomos de unos pies despiertos.

No hace mucho me preguntaba qué sentido tiene el escribir.

Con estas imágenes, ¿qué sentido tiene el no hacerlo?

SUPLEMENTO GRATUITO.

Abro el periódico. De él sale un suplemento, un sueño de colores violentos entre grises sábanas impresas . Paisajes remotos de color cyan, comedores abiertos al mar. Un puerto al atardecer, un balneario simétrico.

 
En mitad de la cama revuelta de los asuntos diarios, entre crujidos, se desliza suave la idea de una vida bella. Lugares inexistentes, porque los cielos no son de tinta, las terrazas no miran perpetuas al mediodía. La mar está agitada y la piscina está vacía.

 
Sueños mezclados con objetos de lujo, vida que dura lo que tarda el sol en desplazar las sombras de la primera foto de la página catorce. Lugares que solo son reales sobre el papel satinado.

 
Fuera rostros en offset eluden respuestas, vertebran ideas, piden ayuda, tapizan la vida, atropellan, mienten, venden, quitan, prestan. Líneas escritas que se agitan, presas de vendavales programados en agendas.

 
Ilusiones y noticias que dejan de existir cuando los ojos se levantan del papel. Vidas edulcoradas que tratan de trazar parcelas a primera hora de la mañana.

 
Cebos a color, rumores en blanco y negro.

TANTEANDO A OSCURAS.

Me voy buscando entre las sombras naranjas de la noche, para ver si me encuentro allí. Creo que me he perdido por el camino a pedazos, que caen sordos, sin darme la ocasión de girarme y buscarlos.

Me busco en esa penumbra que las películas pintan de azul. Intentando encontrar el cabo del que tirar, con la esperanza de que, prendidas, vuelvan todas las piezas.

Me busco en la noche en la que no me perdí, paradigma último del no ver más allá de los pasos. Jugando a encajar letras que, leídas mientras camino por ellas, me vuelvan a llamar.

Allí, donde el mar se retira y el cielo se pierde. En los límites de esta ciudad inabarcable que filtra las horas, cuelga almanaques en descampados y pierde letras y notas por las alcantarillas.

Porque en la madrugada que apila los años, los baraja y los confunde, me empeñé en buscar a Venus allí en lo alto y perdí la pista de mis huellas.

Ahora tiro de este hilo, que son letras, que a todo lo une y vertebra. Sacando el mínimo común múltiplo de avenidas que pasé de largo, ventanas que miré de espaldas y gentes sin nombre en el buzón.

Busco a media luz alguien al que no conocí en una ciudad que se proyecta en previsibles fractales, haciéndome creer que nada muta, que siempre hay tiempo, que me voy a encontrar.

 

REFLEXIÓN SOBRE EL OBSERVAR.

A veces es difícil observar nuestro alrededor a través de la miopía de la razón. Tal calle me lleva más rápido a mi destino, aquella línea de autobús me deja más cerca de casa pero tarda el doble, qué ganas de que llegue el fin de semana.

 

Las cataratas de la rutina y las dioptrías de la costumbre hacen que nos perdamos el decorado diario. Los gestos sutiles de peatones anónimos, un contraste inédito en el edificio bajo el que caminamos a diario, un cielo de anuncio.

 

Todas esas faltas las impone un órgano caprichoso, o volátil, o dolorido, o ausente. Un órgano ciego que vive encerrado entre paredes de hueso.

MALA SUERTE (y 2)

(Segunda parte del texto leído durante el Día Mundial del Medio Ambiente 2012 en Málaga.)

DOS.

 La naturaleza tiene la mala suerte de coincidir con nosotros en el mismo compartimiento. Una vieja madre compartiendo sus frutos con extraños, hábiles en el ejercicio de poner una mano después de otra. Convencidos de que son regalos merecidos, sin esforzarnos en pensar si hemos sido niños buenos.

* * *

Ayer vi desde la ventana a otra alma vieja enzarzarse con las ramas que reptaban por el muro bajo su terraza. A decir verdad no fue ayer, pero repitió la poda de aficionado en tantas ocasiones que, juntas, se me hacen patentes como si estuviesen más cerca.

Este trabajaba con más brío, a puñados arrancaba las matas malditas de otro muro. No imagino que necesidad lo llevaba a empeñarse, incluso en mitad de la noche, en hacer aflorar el hueso de la pared. En la orilla de un débil foco metía cuerpos de palo en una bolsa de basura insaciable. A unos pasos su mujer, muda, se resignaba a estar a su lado con tal de hacer algo juntos.

También trabajó en turnos de mañana y en ocasiones de tarde. La maldita planta no entendía sus órdenes y con la vuelta de los meses volvían a escalar el cemento, como si un río en época de lluvias ocupara de nuevo su cauce.

Debió cansarse de no recibir recompensas por una tarea que no contaba a nadie. Dispuesto desgajó el tronco principal, raíz de sus desconocidos males y con el material con el que el hombre maneja la naturaleza sin contar con ella, cubrió de cemento la tierra que parió la planta.

Si sigo mirando por la ventana veré a otros ajusticiar pequeñas porciones de planeta. Más allá de lo que me permite la vista el sentido común me dibuja viejos de todas las edades hiriendo el suelo con la actitud propia del niño castigado que patea una puerta. Tiene pies y le apetece hacerlo.

 * * *

La naturaleza tiene la mala suerte de haber dado con unos hábiles falsificadores, empeñados en levantar cuevas de hormigón, ríos de asfalto y árboles de metal que conducen tormentas o susurros, negocios y listas de la compra. El tejido de la tierra contempla por un momento esa prole tan numerosa haciendo uso de todo su talento para acelerar los beneficios. La naturaleza tiene tiempo de sobra.

 Esa es nuestra mala suerte.

MALA SUERTE. (1)

(Primera parte del texto leído durante el Día Mundial del Medio Ambiente 2012 en Málaga.)

UNO.

La naturaleza tiene la mala suerte de no tener cejas. Una planta no grita cuando se le corta. No tiene manos para pelearse y sus espinas sólo provocan que nos preguntemos el porqué nos ataca esa mala hierba. No sienten ni padecen, o eso nos parece. No tenemos la habilidad de encontrar el dolor en los nervios de una hoja.

* * *

Hoy he visto desde la ventana a un hombre viejo de paso arrastrado agacharse en contra de sus huesos. No era dinero olvidado lo que le precipitaba a tocar el suelo con la punta de los dedos. El esfuerzo lo provocaban una serie de fuertes tallos nacidos en paralelo, perdiéndose en la tierra a través de las cicatrices abiertas entre la acera y un muro. Plantas de un verde vibrante para sus cansados ojos.

Con manos congestionadas y nudillos de acantilado estrangulaba los tallos. Un tirón y después otro más. Hasta mi altura llegó el sonido de la herida verde, no se si llegó por mi oído o por un canal interior que no se localizar.

El cadáver se quedaba solo un segundo en su mano. Aún encorvado dejaba caer el tallo amputado, inerte e inerme, a un suelo de cemento donde solo los estúpidos piensan en echar raíces.

Aquel viejo no quería para nada el trofeo vegetal. No tenía intención de subir la planta a casa y mudarla a una maceta o hacerlo formar parte de un jarrón efímero de plantas encontradas. Aquella mañana necesitaba sentirse superior a aquellos matojos, silvestres y descarados, empeñados en sobrevivirlo.

Continuó escalando la calle empinada con paso de animal extinto, apostando sus huesos en su lucha contra lo vivo. Odiando los árboles que no alcanzaba a decapitar, ancianos eucaliptos que, con sorna, le saludaban a su paso.

Esa mala hierba ya ha agarrado en muchos de nosotros. Una enredadera que exprime el sentido común y nos disfraza del caballo de Atila. Un género que se afana en arrancar lo verde porque no combina bien con el apagado cemento.