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Tiempo atrás, en un oscuro desván, ardía una vela. En lo alto las ventanas estaban rotas, dejando pasar corrientes de aire frío. Al vaivén de aquellos golpes, la llama tropezaba como un marinero incandescente en una tormentosa travesía. Aguantaba, más siempre parecía estar a punto de agotarse.

Un buen día, en un fugaz instante, alguien colocó otra vela a su lado. Aquella no era una vela cualquiera.

Al aura, cálida y tranquila, quizás se debía su insólito esplendor.

Poco tiempo bastó para que los pies de cera se derritiesen, quedando unidos. Podía decirse que eran una sola vela provista de dos mechas.

Desde entonces aquel gran desván alberga menos sombras, ha perdido su apariencia inhóspita. Las corrientes siguen entrando de cuando en cuando, pero ambas velas lo resisten. Juntas.

 

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