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Un enemigo paciente hizo doblar la rodilla al Rey.

Este, que siempre se creyó en posesión de todas las cosas que la vista abrazaba, no descubrió el puñal entre las sombras hasta que fue tarde.

¡Ay!, ved al Rey apretándose el corazón, tropezando con sus tesoros, cayendo al fin, inerte, bajo el ocaso de un afilado ventanal.

El Rey, que todo lo tuvo, que todo lo pudo, perdió la vida a manos de un leal compañero.

Alguien que quiso alertarlo de su último destino y al que desoyó entre algarabías, cascadas de monedas, cantos y risas.

En el último instante miró al sol de poniente y, ahogado en miedos pero libre de su corona, recordó que era hombre mortal y que su fiel sirviente, el tiempo, le había clavado su último segundo.

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