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Desde aquí podía contemplarse la atalaya de los Hombres Justos.

Eso fue antes del fuego, de las voces espinosas, las manos hambrientas de oro. Los cuchillos ansiosos cortando carne alrededor de las ideas.

La columna de dolor tapó el bosque. Después la atalaya. Ya no podíamos verlos. Los Hombres Justos quizás se retiraron. A través del humo, confiábamos en que aún estaban allí. Luchábamos en su nombre.

Matamos por los ausentes.

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