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Sus hombres cayeron, uno a uno, a los pies de su enemigo. Él no hizo ni un pequeño gesto. En la cima de la colina, sobre su caballo tan negro como el corazón de la tierra quemada, vio como derramaban su vida escarlata sobre la hierba sin recordar sus nombres

Espoleó su caballo. Sin distorsionar la línea del horizonte trotó hasta su campamento. Allí, otros cien hombres estaban dispuestos a cambiarse por él. Mañana tendría otros cien.

Daría la orden de que lo diesen todo. No le importaban nada.

 

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