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Se sentía cansado sin saber el porqué. Cada mañana se sacaba a rastras de la cama para plantarse ante la ciudad gris tras las ventanas. ¿Qué me pasa? se preguntaba en el pasillo aún dormido.

Se llevó la mano al costado. Al retirarla, la sintió espesa, pegajosa. Estaba cubierta de sangre. No. No era sangre. En el líquido púrpura flotaban pavesas de un azul eléctrico. El fluido caía al suelo del pasillo y los destellos se precipitaban hacia el techo. ¿Qué sangre era esa? ¿Cómo no le podía doler una herida así?

Se acercó a la cama. Despertó a su mujer. Sería lo primero que vería aquel día. Iba a asustarse. Él necesitaba compañía en el miedo. Ella abrió los ojos. Le sorprendió su serenidad. ¿Por qué no saltaba de la cama? Tenían que ir al hospital.

Ella se destapó. En mitad de su pecho había una herida similar. Derramando su interior, pero sin manchar la cama.

El mundo rodó hasta el abismo. La ciudad fue negra tras los cristales.

Tranquilo, dijo ella, todos estamos heridos. Solo necesitamos tiempo para darnos cuenta.

Dejó la cama. Su figura le pareció frágil. Su cuello delgado amenazaba con quebrarse. Su pelo rojizo ahora parecía un augurio. La ciudad retomó el color al amparo de su carne blanca.

Voy a preparar café. No tardes.

Ella ocupó el pasillo que ya amanecía. Se palpó de nuevo el costado. Seguía derramándose. Pero no había dolor en la piel. Solo había una grieta en su cuerpo. Algo desconocido escapaba de su interior.

Se acercó a la ventana. Alguien bajaba la acera. Tenía la mano en el estómago.

Todos estaban heridos.

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