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Nadie abre las ventanas

del oeste de las casas

al desembocar el pueblo.

 

No quieren mirar lo invisible

donde duermen los caminos

y se disuelven en guijarros.

 

Pueblo en la ribera del olvido,

temiendo ver el desierto

y que les devuelva la mirada.

 

Parapetados tras cipreses,

rezan con nudillos blancos

para que el vacio pase de largo.

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