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Excava un agujero del

tamaño de tu cráneo

en la tierra perenne, yerma.

 

Extiende un plástico sobre él.

 

Deja que la tristeza de los días

se refleje en la superficie

como los espejismos lejanos.

 

Deja que el interior se condense.

 

Y se precipiten, negras, líquidas,

las letras redondas que hacen

brotar los renglones.

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