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Cruzarnos con vidas ajenas durante un segundo no supone más que la estela dejada por un avión en un cielo cubierto de rutas gaseosas. Rastros que se desenhebran al pasar.

 
A su paso, algunos, se alisan la ropa, las arrugas, las ideas y el ánimo. Hablan con voz que escala desde la garganta, voz hueca y llana.

 
Preocupa tanto lo que piensan de uno. Lo que se cree que se piensa. Lo que se teme que se piensa. Lo que se espera, se evita, anima, oculta, enseña.

 
Tanto que se llega ser otro para los otros.

 
Viene a ser como peinarse y sonreír cuando pasa un satélite.

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