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La esquina doblada en la página de un libro es una marca de paso. De paso de alguien, quizás uno mismo antes de serlo. Meses o años atrás la persona que éramos paseaba entre líneas cuando algo le llamó la atención, tanto, como para fabricar un atajo, para volver a encontrarlo.

Ese alguien se encontró entre las páginas, entre las letras, en una cadena de frases en las que quizás el autor, disfrazado de renglón, estaba hablando por sí mismo. Quizás tú mismo abriste tanto los ojos al reconocerte desmigado entre tinta y papel.

El papel, con un doblez, metáfora improvisada de la marca sobre uno mismo, sobre el camino de letras, sobre la corriente de pensamiento. Para encontrarlo después, para verse mañana. Para pasar de nuevo por la página. Para ver si alguien, quizás yo, seguía siendo el mismo.

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