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Me voy buscando entre las sombras naranjas de la noche, para ver si me encuentro allí. Creo que me he perdido por el camino a pedazos, que caen sordos, sin darme la ocasión de girarme y buscarlos.

Me busco en esa penumbra que las películas pintan de azul. Intentando encontrar el cabo del que tirar, con la esperanza de que, prendidas, vuelvan todas las piezas.

Me busco en la noche en la que no me perdí, paradigma último del no ver más allá de los pasos. Jugando a encajar letras que, leídas mientras camino por ellas, me vuelvan a llamar.

Allí, donde el mar se retira y el cielo se pierde. En los límites de esta ciudad inabarcable que filtra las horas, cuelga almanaques en descampados y pierde letras y notas por las alcantarillas.

Porque en la madrugada que apila los años, los baraja y los confunde, me empeñé en buscar a Venus allí en lo alto y perdí la pista de mis huellas.

Ahora tiro de este hilo, que son letras, que a todo lo une y vertebra. Sacando el mínimo común múltiplo de avenidas que pasé de largo, ventanas que miré de espaldas y gentes sin nombre en el buzón.

Busco a media luz alguien al que no conocí en una ciudad que se proyecta en previsibles fractales, haciéndome creer que nada muta, que siempre hay tiempo, que me voy a encontrar.

 

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