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A veces es difícil observar nuestro alrededor a través de la miopía de la razón. Tal calle me lleva más rápido a mi destino, aquella línea de autobús me deja más cerca de casa pero tarda el doble, qué ganas de que llegue el fin de semana.

 

Las cataratas de la rutina y las dioptrías de la costumbre hacen que nos perdamos el decorado diario. Los gestos sutiles de peatones anónimos, un contraste inédito en el edificio bajo el que caminamos a diario, un cielo de anuncio.

 

Todas esas faltas las impone un órgano caprichoso, o volátil, o dolorido, o ausente. Un órgano ciego que vive encerrado entre paredes de hueso.

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