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Levanté la vista en aquella noche fresca. Entre el rumor de cristales, risas cómplices y notas capaces de hacerte bailar por debajo del cuello. Con media botella de cerveza brindé con las estrellas por encima de la guirnalda de luces pastel. Una promesa de hombre satisfecho, un agradecimiento a los invisibles hilos del porvenir. Un recuerdo a los ausentes.

 
Supuse estar demasiado cansado cuando lo observé por primera vez. Ojos despiertos por demasiadas horas remando sobre tres o cuatro cervezas. O un mal reflejo. Cualquier cosa que redujese aquel fenómeno a una mera impresión.

 
Se acercó Eva. Venía masticando un chiste que deseaba contarme sin poder contener la risa en sus ojos. Paró en seco el cuento de dos amigos que se reencuentran. “¿Ya te lo sabes? Mi primo lo cuenta con más gracia, voy a decirle que venga“.

 
Estaba paralizado.

 
Ella me rodeó, bromeando, intentando hacerse con la botella que pendía en mi mano. Eva, te va a sonar raro, ¿puedes mirar al cielo? Su pelo me rozó la cara. “No me digas que te pillo en plan romántico” dijo con dulzura picante. Cariño, mira el cielo. Mira al cielo y no te asustes.

 
Eva giró esperando encontrarse una estampa de invitación de boda. Sus ojos caminaron entre constelaciones. “¿Qué quieres que vea”. Retrocedió dos pasos sobre el terrazo mientra buscaba mis brazos.

 
Temblaba.

 
Su miedo me contagió. No era un mal empalme en la película de mi cerebro. Aquel cubo se desplazaba por la noche. Su base ridiculizaba la ciudad y su desplazamiento evocaba el de una titánica ballena navegando de frente en un mar negro. Calificarlo como objeto era intentar adecuarlo a una escala comprensible.

 
Podía sentir el miedo rasgando la columna de Eva. Musitaba buscando una explicación. Atrás la fiesta seguía. Abajo en la calle un padre de familia se quedó con su hijo en brazos sin decidirse a entrar en su coche. Él acababa de empezar a buscar explicaciones.

 
Me obligué a fijarme de nuevo en la anomalía. Entonces reparé en lo más terrible. Un desamparo infinito me hizo abrazar a Eva, aferrarme a ella como lo más valioso de aquella realidad rota. No te lo digo mucho, pero sabes que te quiero ¿verdad? “Qué solitos estáis los dos” dijo una voz familiar. “¿Interrumpo?, pues claro que interrumpo, vaya pregunta”. Solo tenía que seguir nuestros ojos para formar parte del horror. No tardaría en hacerlo. Superado el asombro inicial pronto se fijaría en los ángulos de aquel vacío que raptaba la noche. Eva también se había dado cuenta. Se aferraba a mí, sentía una humedad cálida en mi brazo. Sus ojos de risa se habían derretido.

 
La masa oscura aumentaba, se hacía un todo. Ocultaba estrellas pero en su superficie aún se distinguían una o dos constelaciones enteras. Era difícil precisarlo. Aumentaba, devoraba, quizás se dirigía hacia aquella terraza. Quizás a cada una de las terrazas y ventanas abiertas al aire.

 
Un grito detonó en la calle. Busqué al padre y a su hijo y los encontré abrazados a una mujer con la garganta rota. Pronto un par de ventanas curiosas se abrieron. No tardaron en fijarse en el recorte del cielo. Murmullos, luces encendidas, seres inquietos como glóbulos en una corazonada violenta.

 
La fiesta terminó. Algo flotó en el ambiente que, sin palabras, fue capaz de agrupar a todos los invitados en el mismo lugar. Abajo algunos querían huír de la ola a pie. Otros apuntaban con sus teléfonos a la noche, buscando una explicación en sus pantallas de cristal.

 
“Te quiero”. Eva había girado buscando mi pecho, decidida a no mirar. Seguían cayendo estrellas en la fractura. Sentí un compás de adagio en el interior de la mandíbula. La abrazé.

 
Ojalá sea un sueño y despierte junto a ella en el próximo parpadeo.

 
Ojalá.

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