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No había nada de particular en la caída de aquella tarde. El centro de la ciudad comenzaba a brillar entre dos edificios y la autovía estaba ocupada por los que habían terminado el turno y buscaban la cena. Para todos ellos era el final de un martes más.

 
Yo no podré volver a mirar el edificio de enfrente sin recordar lo extraño de aquella noche.

 
Cuadraba cuentas frente al ordenador, un ejercicio aséptico de lo más mundano. Recibí un fogonazo en la orilla de mi ojo izquierdo, allí donde el cerebro relega las cosas que menos entiende. Las viviendas mostraban a la calle un breve rectángulo de vida encarnada; todo parecía normal hasta el regreso de aquella luz blanca. En el interior de uno de los pisos, oscuro como pudiera estarlo un bosque cerrado, una luminaria flotaba, oteando las habitaciones. “Ladrones” pensé. Era lo que la televisión me había enseñado, al temor por la propiedad, aunque fuese ajena. Desatendí los números y comencé a buscar en mi cabeza la forma de comunicarle a la policía, de la manera más concisa, como llegar a aquel piso. La esfera cambió de habitación, interrumpiéndose algunos segundos al pasar de una a otra. Eché de menos entonces el cono de luz, las superficies iluminadas. La llama blanca flotaba con parsimonia. Si se trataba de ladrones debían tener la sangre en calma.

 
Me abstrajo el fenómeno. Abandoné las columnas de números y los sustituí por tiras de ventanas. En una de ellas estaba contemplando un evento ajeno a la norma, una cifra desconocida. La luz abandonó la segunda habitación. Tragé saliva. Podía haber alguien en problemas, bien dentro de la vivienda o bien de camino a ella. Lo recibiría una luz blanca flotando en el oscuro salón. No eché mano de mi móvil para grabarlo. Estaba detenido, no podía dejar de prestar atención.

 
La luz se dirigió a la terraza. Estaba bajo mi ángulo de visión, debía ver un suelo iluminado guiando pies inciertos. Pero no fue así. Tras pensar en ello la sensación que perdura en mi mente es que la oscuridad, de alguna manera, se solidificó en aquella terraza. A la vista de todos aquellos que no estaban mirando. Dos figuras de extremidades nerviosas, paseando bajo el aire compartido, perforando la realidad, burlándose de ella con sus cuerpos negros y ajenos.

 
¿Qué estaba viendo?

 
Mi cerebro quiso formar la pantalla de un móvil en el extremo de una mano. Alguien que no había sabido dar con los interruptores de la luz dando un paseo por el interior de una casa. Era ridículo, casi tanto como aquella figura. Un segundo cuerpo puso un pie abocetado en el exterior. Por sus posturas parecían hablar, compartir algo, reconocer el terreno. Una venta a ciegas. La pantalla de mi ordenador se oscureció, pasando a estar a la espera. ¿Cuántos minutos llevaba absorto en aquel fenómeno? Un acto reflejo me hizo encenderla.

 
Y ese acto, aquella luz tenue en otra ventana, les llamó la atención.

 
Recuerdo mi temblor cuando me iluminaron. Aún con la esperanza de una casualidad decidí quedarme quieto, formar parte del mobiliario por unos segundos. Volvieron a dirigirme la luz. Fui un náufrago aterrado por el barco que se aproxima. Siguieron moviéndose, aunque mis recuerdos se confunden en ese punto. Los intrusos oscuros supieron tomarse su tiempo, no me habían visto o yo no les importaba. Iluminaron parte de la barandilla y con la misma luz trazaron el marco de la puerta de corredera. Uno de ellos estiró el brazo encendido. ¿Quería iluminar la fachada? ¿qué buscaba? A aquel brazo le siguió otro. Temí estar ante los segundos previos a un extraño suicidio.

 
Un cuerpo precipitándose no se habría incrustado tanto en mí memoria como lo que sucedió.

 
Aquel ser, aquel animal pintado de humano, reptaba por la pared exterior a la altura de un cuarto piso. Una salamandra de setenta kilos. Habría sido la desquiciada explicación si no fuera por sus miembros definidos. La luz en su mano abría la marcha. Al seguirlo con la vista pude darme cuenta del segundo cuerpo imitando el comportamiento. Cauto al principio, resuelto una vez estuvo a quince metros sobre el suelo. Su marcha me recordó a la de dos hormigas exploradoras una vez estaba satisfecha su curiosidad.

 
Mi cerebro seguía escarbando en busca de la lógica.

 
Se detuvieron a unos metros. Volvieron a enfocarme con su luz, lo sé. No veía sus facciones, quizás tomaban una decisión o necesitaban una pausa para seguir con su imposible ejercicio. Cuando, tras arrancar, los perdí de vista tras los árboles de un parque cercano, fui consciente del ritmo de mi corazón. Estaba precipitado, como si hubiese salido de los restos de un coche accidentado. La habitación pareció brillar con menor intensidad, un silbido se acopló en mis oidos y temí estar a punto de caer desmayado.

 
La noche continuó marcando las horas. Se levantó algo de aire, puede que trajese tormenta. El ruido del tráfico dio paso al silencio de los minutos previos al sueño. Descanso ajeno. Estuve sentado durante aquellas horas en el único lugar desde el que no podía ver aquel edificio. Acuclillado bajo la ventana sentí como el frío del suelo se iba colando en mí. Intenté desmontar aquella noche absurda del mayor número de maneras posible. Me agarraba a algo lógico centrándome en las cifras.

 
Quise atribuirle al viento el claro rumor de rascado en la fachada que rompió la noche. Me levanté en dos tiempos, tropezando, pero sin atender al golpeteo carnoso y sólido en la fachada.

 
Mi cerebro y yo hacíamos lo posible por esquivar la locura.

 

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