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Vuelves a esta casa con preguntas en los ojos. Buscas una casa al final de la calle, una casa que fue el final de tu niñez. En esa casa vivía alguien a quien debo recordarte; desde aquí he oído el vuelco de tu añoranza. Vuelves con un sueño de cuatro por cinco centímetros en un rincón de tu cartera.

 
Buscas una casa que ya no existe.

 
Sobre aquella casa hay nueva pintura. Se cambiaron las puertas, se compraron nuevos muebles. Hay colgadas otros cuadros, otras fotos. Recordarás el plano de las habitaciones por las que viajasteis por noches en vela. Pero no hay un centímetro de estos muros, un cristal en las ventanas o un cable en las entrañas que te ampare, te refleje o por el que pase un recuerdo de ti.

 
Esta ya no es la casa que conociste.

 
Ocupa el mismo lugar, desde lejos la has reconocido. Algo más vieja, sí, pero puedes deletrear con los ojos cerrados como gemían, bajito, las contraventanas cuando se iluminaba el día entre tus manos. La misma casa, tatuada en tu memoria, con la que has medido cada estancia que ha pasado por tu vida.

 
Aquella casa que viviste.

 
Contigo en la puerta los años se pliegan; aquel domingo que se quedó enredado en las ramas de lo que pudo ser ha caído a tierra. Tu voz agujerea los cimientos, echa a volar las fotos guardadas en un cajón, levanta las persianas del olvido, devuelve la luz al salón.

 
Estoy dispuesto a buscarme entre los muros de la casa que una vez fui.

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