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Dicen que debes concentrarte en la palma de tus manos.

Aún no ha amanecido y el crujir de los cimientos nos ha despertado a todos. En el piso de arriba oigo pasos acelerados. Creo que es ella la que pide calma al marido. Ha subido la persiana. Ella levanta la voz. La anciana del piso de abajo quizás reza, puedo oírla desde aquí.

Yo he decidido esta vez quedarme acostada.

No dejo de mirarme las manos, las adivino más que las observo. Hay poca luz y esta vez no voy a levantarme. El temblor no es mucho mayor que otras veces. Me parece avanzar de lado, pero puede ser cosa mía, cualquiera sabe. Los hierros han empezado a gemir. El sonido me recuerda a aquella vez que intenté tocar el violín. Es bueno recordar cosas en este momento. Por mucho que naufrague el edificio no voy a dejar la cama.

La última vez olvidé demasiadas cosas.

La Opaciudad se reordena. Han pasado unos tres meses. No alcanzo a recordar cuanto tardó la ciudad en comprimirse la última vez. Los que no se pierden por el camino intentan convocar a los habitantes en la primera plaza que aparezca al norte. Es difícil saber donde terminará apareciendo, si será una plaza como tal o si algunos irán a parar a un cruce de calles más amplio de lo normal. De alguna manera la Opaciudad parece saberlo. Sé que no puede, creo que no puede. Cada vez brotan más plazas al norte.

Debo mirarme las manos mientras la tierra se mueve bajo mis pies.

Una vez la finca de mis abuelos se trasladó solo unos metros, apenas adelantó a la vieja araucaria y se escondió detrás de sus ramas. Mi familia creyó que con nosotros se había acabado, que los traslados arbitrarios quedaban para otros. Despues llegamos a pensar que el leve movimiento era para preceder un gran impulso, como la vez que saltamos los obstáculos en el último curso del colegio. Debo seguir recordando. La casa de los abuelos y la araucaria se perdieron en el horizonte en la siguiente contracción. Me gusta pensar que la casa y el árbol están juntos en algún lugar.

Parece que para.

Ha sido leve esta vez aunque quizás, dormida, me he perdido medio viaje. Puedo ver mejor mis manos ahora. Las líneas que las surcan. Abajo la anciana ha roto el llanto. No oigo a la pareja de arriba. Vinieron en el último salto y parece que este se los ha llevado. No llegué a conocerlos demasiado, ¿para qué? Ella me recordaba a mi hermana mayor. Volveré a buscarla por las plazas del norte. Quizás esta vez coincidamos.

Es seguro salir al exterior. Tendremos unos días entre latido y latido. Tengo algunas cajas de repuestos, unos tubos de pintura y algunos pinceles. Creo que por los repuestos podré sacar algo de comida. Quizás alguien quiera un cuadro de donde la Opaciudad lo ha mandado a vivir para viajar con él. Su patrón fijo, sus líneas de la mano.

No puedo reprimir una leve alegría, de algún modo parecida a la que sentía de niña al atravesar los arcos de la casa de mis abuelos. Llegar a ese nuevo mundo de gallinas y rumor de hojas en las copas. He hecho bien en mirarme las manos. Mis recuerdos siguen aquí.

Es más importante que el lugar en donde vives.

Las escaleras se han torcido, pero aún se puede bajar por ellas. La anciana se asoma a la puerta apretandose la bata sobre el pecho. Con algo de suerte podré traerle alguna fruta. Falta una planta, quién sabe donde ha ido a parar. He llegado a la salida. Hemos debido de movernos mucho, hay un cuadrado de luz dibujado en el suelo del portal;es un buen cambio. El reflejo me impide ver bien, pero parece que se dibujan las copas de unos árboles al otro lado del cristal. Quizás estemos en las afueras, en la orilla del campo. Y quizás haya un monte desde donde se ve una casa blanca con arcos en el patio bajo una araucaria.

Quiero ver donde me ha llevado la Opaciudad.

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