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Sexta obra.

Cielo terroso sobre el que se desplazan pinceladas ligeras de pintura pero cargadas de pulso. Los perfiles de las nubes son tan ténues que los ojos del espectador parecen moverlas sin cambiar sustancialmente la impresión de cielo un tanto desolado, propio de un desierto fustigado por el viento de arena.

En el pie del lienzo se abre un campo arcilloso. La viscosidad del óleo le da un aspecto húmedo y tangible. Pese a su antiguedad el barro parece recién depositado con la espátula. Son breves los contrastes en el terreno; se limitan a unas líneas, similares al campo arado, que refuerzan la profundidad y la sensación de estar ante una gran explanada.

Llegamos ahora al motivo principal. ¿Cómo hemos tardado tanto en hablar de esa imagen? El tronco de cristal retorcido refleja los rayos tamizados del sol. No hay una zona completa de sombra, pues la caprichosa disposición de las aristas hace girar la cara del tronco sobre su eje. Así se suceden fragmentos cargados de blanco con otros en el que se mezclan pigmentos azulados y rojizos. Pese a lo mineral denota un cierto aspecto biológico.

A ambos lados flotan dos paneles de cristal quebrado y sobre ellos uno de similares dimensiones corona el árbol. La vidriera aérea solo descubre sus contornos con una fina pincelada blanca. Son las grietas en su superficie las que dibujan las ramas de esta aislada planta mineral. Esmeradas líneas divergentes. Ramas y relámpagos; venas y dendritas neuronales.

Así quiso recoger el artista toda la condición mineral, vegetal y animal en un simple objeto imaginado, varado en un paraje ilocalizable.

En el fondo, como firma, una pequeña figura parda parece dirigirse al espectador. La curvatura del terreno impide verlo completo. Quizás el pintor quiso reforzar efecto de profundidad ofreciendo una referencia para calcular alturas y distancias.

O quizás se trate de una metáfora. No hacen falta piernas para llegar a este lugar.

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