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Capto algunas notas desplazadas. Las lenguetas torcidas siguen acariciando el cilindro, revelando los tonos que su artesano había reservado para el silencio. La caja de ébano con galones dorados no parece darse cuenta de la danza desquiciada de sus pies metálicos, a punto de enmudecer con cada tropiezo en el escalón equivocado.

Puedo ver la partitura reflejada en el techo, oscilando como una llama acuosa de bordes iridiscentes. Las notas se desplazan por las nerviosas venas del pentagrama ignorando los huecos donde deberían vivir durante un compás.

Si solo fuese esa obcecada caja lo que va a la deriva de la realidad podría reconducirla, nadar a través de sus diminutos latigazos metálicos y afinar su sintonía. Pero la caja no flota. Comete sus errores descansando sobre una mesa recta, equilibrada,

No puedo arreglar nada. La recta mesa va a hombros de una roca redonda.

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