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Resbalaba por la ciudad como una bola de pachinko,
buscando una recompensa inmerecida por ser pasajero de la inercia de mis pies.
Me escurría así entre edificios áridos, ariscos,
de cemento exhibicionista, de ángulos truncados.

Mi premio amargo, el motivo de estas letras,
me llegó tras una galería de pintadas en un callejón estrecho, regado de desperdicios.
Tras unos cristales opacos, ojos enterrados en cataratas de polvo,
encontré una oficina en pausa.

Asomarse a ella era ver el fondo amueblado de un lago.

Pilas de documentos, cajas de mandíbulas desencajadas, folios de otoño,
una maceta y un bote de bolígrafos, ambos condenados a secarse.
Pero, qué extraño, las luces de aquel abandono permanecían encendidas,
resistencias rendidas oscilaban en el techo con aires de vela gastada.

Me obligué a rodear los ventanales pálidos, del color del mar en invierno,
apoyados en ellos carteles combados ofrecían el espacio en alquiler.
Pero la luz. Los documentos. Los lápices congelados sobre la madera,
¿cómo podía estar a la deriva aquel barco? parecía vivo.

Una sombra hizo oscilar la oscuridad del fondo.

Un hombre. Se movía entre cartones, papel, madera y cristal.
Empleado fijo, el último hombre a bordo.
Levantó el rostro, la sombra de sus rasgos era polvorienta.
Sostuvo una carpeta en el aire. El ser de las profundidades detuvo su aleta.

¿Quién era yo en ese tiempo condensado?
Un ser inexistente aún, un futuro transeunte tras el cristal.
El ansia de un náufrago por ver una vela en el horizonte,
punta de cuchillo en el atardecer encarnado.

Huí como solo puede hacerlo un hombre que proyecta sus propios miedos.

Aquel abandonado lanzaría una bengala de socorro por su garganta quizás.
El miedo por el tiempo perdido lo arroparía de nuevo en las sombras, tal vez.
Quise dejar atrás aquellas calles de hueso y olvido,
de almas perdidas pintadas al fondo de grutas inhabitadas.

El espejo del tiempo está recorrido por fracturas líquidas,
sus frontera está plagadas de plomo enmohecido.
El día refleja imágenes confusas, rotas, disueltas,
Aquel desgraciado se mantiene a flote en una de ellas.

El tiempo da dentelladas aquí en Opaciudad.

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