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Cada mañana, a la estrecha hora del cielo sin ojos, salgo a la ciudad de más allá de las sábanas. Antes de que los edificios se vistan aprieto los pasos para subir al autobús que apenas escapa.

Los habituales nos turnamos los asientos y viajamos sin palabras, compartiendo un breve nexo que no rompe en charla.

En la calle de la quinta parada el grueso hombre se agacha y recoge el día pasado e impreso.

Son las ocho y treinta y tres.

La obligación encauza el paso. La rutina disecciona la semana inventada.

Con orquestado aprendizaje los vecinos rodantes desembarcan en su destino impelidos por la inercia de los pasos ahorrados.

Logro escabullirme del examen de la rutina cuando el sol ya afila la arboleda. Aprendí a no engañarme. Cada mañana el cielo sabe distinto: a césped o a sal o a nubes preñadas.

Hoy es otra mañana.

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