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Has olvidado como llegaste. Las puertas del coche se han quedado abiertas y las luces, encendidas. No te preocupa, ¿quién iba a llevárselo? Nadie conoce aquel camino. Lo sabes, estás a salvo.

¿A salvo de qué? te preguntas. La tierra grisácea, desenfocada como si la cruzara un sol hiriente, no va a comerte. Caminas, exploras de memoria, encuentras el escalón necesario para seguir avanzando. Observas todo a tu alrededor sin girar la vista. El vehículo ha desaparecido; no te preocupa, volverá de nuevo cuando lo necesites. Quizás con otro color, irreconocible tal vez, pero te volverá a ser útil. Sobrepasas una duna de ángulos afilados. En el horizonte un objeto, un edificio naufragado en tierra. Tú ya sabías que estaba allí, lo adivinabas al final de tus pasos, en el caer lánguido de tus ideas frágiles.

Bastan dos pasos para llegar. No hay tropiezos ni despistes. El volumen torcido parece estar construido con cemento dúctil, no hay grietas pese a su inclinación. Un iceberg en mitad de un campo de trigo, esa es la idea que te sobrevuela detrás de los ojos. Un hito en mitad de la nada, comienzas a creer que en encontrarlo consiste la aventura de hoy.

Aquella ventana no estaba allí, podrías jurar que acaba de aparecer.

Tienes el corazón a kilómetros de distancia, pero aún así lo oyes cabalgar en círculos. El hueco en la pared se abre con sorpresa. Una anciana a la que le cuesta reconocerte, esa es la impresión que te transmite la casa; sale de su descanso y te recuerda con tristeza, ira, rencor y agradecimiento. Nadie pasea por allí, solo tú conoces aquel camino. Lo sabes, algo amargo sucede.

Quieres caminar con rodillas frágiles, la tierra se levanta en una marejada, el ocre del cielo es violento y tu vehículo se ha hundido. Intuyes una corriente templada y desapacible. Cambias de dirección tres veces, no eres capaz de dejar atrás la casa. La corriente es un aliento.

Ves una niña.

Su vestido blanco deja ver los pies cuando se agita con el viento. Con sus brazos delgados sujeta el vestido a los costados. Pero todo carece de importancia. Es la expresión de su cara lo que te acelera el corazón. Sus ojos crecen, son oscuros, como su pelo. Ambos parecen recortados en el cielo, a través de los cortes se ve la noche. Solo se mueve su vestido. Parece una foto. Recuerdas esa foto. No despega los labios.

– Nos veremos pronto. En otro lugar.

La tierra se precipita. El cielo se cierra. La noche cae a plomo. Solo su cara flota en la nada.


Las dos franjas de luz reflejadas en el techo le parecieron parte del sueño. La iluminación de la calle colándose a través de la ventana trazó los muebles del dormitorio. Aún era temprano, debían de quedarle varias horas de sueño. Cambió la postura buscando la pared más próxima a la cama. Confundida con el quejido del colchón, la voz de la niña escapó de su memoria.

-…pronto.

Le asaltó un escalofrío repentino, un extraño temblor acompañado de breves destellos detrás de los párpados. Esas extrañas amebas de luz le aceleraron aún más el pulso. ¿Porqué temblaba? Estaba en casa, bajo techo. Nada malo podía suceder.

Con los pies desnudos llegó al salón. Quizás por aquel temor extraño parecía que solo habían bastado un par de pasos para hacerlo. El apartamento parecía volcarse hacia la terraza, debía abrir las cortinas, no parecía haber otro remedio. Necesitó unos segundos para componer las calles silenciadas, descubriendo los fragmentos anaranjados bajo las farolas, a continuación los círculos de luz en los coches aparcados y adivinando el resto entre la oscuridad. La calle parecía en orden, debía volver a la cama. ¿Qué buscaba a aquellas horas?

Vio a la niña en la calle.

Cuatro plantas más abajo, con los pies desnudos, los brazos pegados al cuerpo y el pelo oscuro cerrándole su terrible gesto. Recordaba aquella imagen, a pesar de haber querido perderla bajo cajas y libros viejos. Entre dos coches aparcados ese recuerdo clavado en su memoria observaba su terraza como si aquel hueco en la pared del edificio fuera lo único importante. El regreso de un recuerdo. El recuerdo juvenil de una persona a la que olvidó en vida. Una culpa hecha carne.

Sintió dos golpes en su puerta. Un rumor de palabras tapadas por la madera. No tenía por qué buscarla en la acera, la niña estaba cerca.

No necesitaba oír sus palabras. Ya las había entendido.

– Nos veremos pronto. En otro lugar.

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