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QUINTA OBRA.

Sobre un lienzo blanco se extiende un campo verde de matices metálicos. Simula ser una vegetación salvaje, pero el ojo puede confundirlo con el bronce deslustrado por el tiempo. En el centro, un tanto desplazado hacia el pie del cuadro, se abre una construcción con visos de flor. La disposición de sus pétalos dorados se asemeja a los paneles de un satélite artificial. La luz global, proyectada por el espectador fuera de los límites, ilumina la cara más cercana, blanca en alguas teselas.

Conserva cierta actitud de pieza manufacturada, la disposición de los pétalos y su materia así lo sugiere. El ascenso helicoidal de la planta por momentos se ve interrumpidas por cortes de pincel, distribuidos por capricho. Pierde entonces el carácter de perfección para el espectador y pasa a convertirse en una sólida flora acorazada creada por una naturaleza de normas fijas con arranques de cubismo.

Los paneles se arremolinan en una bajada incesante al llegar al centro de la flor y el cuadro. De esa oscuridad surgen hacia el ángulo izquierdo una ordenada maraña de estambres. Se asemeja a una cabellera ondulada, pero algunos toques de vigoroso y decidido brillo nos transmite su condición de materia extraña. Con alma orgánica y tejido sintético los estambres continúan su ascensión hasta que de ellos brotan rectos neones en decididos tonos rojos y púrpuras. El autor entonces ha mezclado las técnicas para conseguir una luz artificial que, sobre la tela, parece iluminar parte de la sala. El reflejo escarlata se estrella sobre las rectas aristas de la flor.

La obra híbrida de tecnología, naturaleza, inspiración y oficio fue recogida en la madrugada en un terreno fértil en la ribera de la consciencia. La flor, la joya, el mecanismo, la estructura y su luz fueron arrancados de un sueño.

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