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Despertó anudado entre las sábanas. El alba lo había encontrado ordenando objetos y amarras tras el temporal, pero el despertar plácido le anunciaba una mar en calma. El oleaje a los costados del barco había callado mientras tenía los ojos cerrados.

Subió a cubierta dejando a sus pies las sombras del camarote. El sol le cegó y por unos instantes flotó en la nada. Sus ojos tardaron en trazar la línea del horizonte. Encontró a su espalda la cola de la tormenta pequeña y lejana.

En la proa lió un cigarrillo y palpó la foto del bolsillo de su camisa. Con la mar en calma extrañó la costa, las paredes de ladrillo, el puerto firme hacia el que navegaba, las personas que le esperaban más allá de la tormenta y la propietaria de aquella fotografía.

Volvió al puente ansiando la llegada de la próxima tormenta.

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