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Se dejó llevar por la oscuridad.

Asomado al balcón repasó las líneas de las viviendas cercanas, limitando sus volúmenes gracias a un racimo de focos tenues y el discreto resplandor de la noche. Áridos cubos de vidas ajenas dejando al descubierto fotos fijas, cruzadas de cuando en cuando por sus vidas internas.

Pero había algo más.

Se concentró en una desangelada azotea. Una farola próxima desenterraba apenas un pequeño muro, un rectángulo que bien podía ser una puerta y unos hierros cruzados sin cobertura, inútiles a modo de techo. Un bocado recto de un edificio sin pretensiones.

No. No era aquello.

El negativo pareció quemarse, sobrexpuesto en su pupila. Amaneció en aquella terraza cercana. La puerta fue de un azul claro, anciana conocedora de entradas y salidas. Desvencijada, marítima, amable. Sobre el terrazo una mesa formada por tableros descuadrados, todos juntos, sosteniendo botellas empezadas y platos vacíos sobre un mantel ocre movido por el viento en aquella noche parada.

Loco quizás. O dormido en vela.

Sabía de un mar en la orilla de la terraza. Una cala señalizada por gigantes peñones para niños pequeños. La noche fue atardecer, risas de cristal y cerámica llenaron aquella mesa imposible. Compatriotas, amigos y camaradas alrededor de una comida planificada sobre la marcha.

 Y una mujer esbelta entre el paréntesis de un cabello liso.

Toda aquella trampa al amparo de la noche, aquel lugar remoto superpuesto sobre unos perfiles rectos aún visibles. Pequeñas velas oscilando, rumor de cubiertos, brasas encendidas flotando en la noche única. Todos sus sentidos aliados en la función.

Pero no era un engaño.

Aquella estampa le picaba en la memoria. La charla, la mujer, la tarde en un lugar náufago en el mar del tiempo. Ella estaba tan cerca, apoyada en la barandilla. Mirándolo a los ojos a través de años, memoria y noche.

Un trampantojo más de la Opaciudad.

Un sueño de ojos abiertos de aquel lugar doblado sobre sí mismo, captor de recuerdos, coleccionista amante de mostrar a quemarropa hallazgos a visitantes inesperados. Visitantes como él, golpeado y confuso, tirado en la cuneta tras ser atropellado por la memoria.

Suspiró.

La Opaciudad le había enseñado a no luchar contra sus ojos, a dejarse llevar por la pintura de su mente en aquel cemento frío. Se dedicó a observarla. Recordó su pelo, aquel vestido, aquella noche tan cerca de la tierra prometida.

 Sintió no poder saludarla a través del tiempo.

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