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El anciano busca proteger su ojos y su cordura con una mano quebrada, cruzada por venas color lomo de pez. Su habitación se está plegando como el estómago de un fuelle. Los débiles pilares, vestigios de paredes habitadas, sucumben a la presión. Los huesos de su casa se quiebran y las esquirlas sonoras se clavan en su oído.

Ha intentado reforzar la estructura con hebras de recuerdos. Ha creído conseguirlo, mostrando al olvido un boceto de sonrisa desquiciada de dientes comprados. Paredes tejidas con su propia vida para resistir el cierre de su libro. Pero los recuerdos más cercanos comenzaron a brotar deslabazados, frágiles.

El viejo busca el resguardo del salón mientras ve perecer la cocina bajo un ángulo de cuarenta y cinco grados. Su vida entera se repliega, en un ejercicio aséptico, entre hojas de cemento.

Ya no fue nadie.

 

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