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Ante los ojos del hacendoso escultor se descolgaron unos flexibles flecos cuajados de abalorios. Despedían reflejos de siete colores mientras bailaban en torno a los hilos que las unían. En su chocar componían una leve sinfonia imprevista de ligeros tonos metálicos.

Por unos momentos dejó de rescatar cuerpos de la piedra y se abandonó al sencillo ejercicio de ver brotar luces de las cuentas. Girando. Tintineando. Deseoso de incorporarse al descansado baile dejó caer las herramientas a sus pies. Metal sobre madera.

Acompañó entonces la danza con la palma de la mano entreabierta, sujetanto un eje imaginario del que pendía el adorno. Luz y paz. Dando forma al aire sin esfuerzo.

Tras de él un brazo de piedra, congestionado, luchaba por salir del bloque. Dilatando el tiempo intentó rozar al artesano.

La idea, su forma final, quedaron enganchadas en los hilos dorados para nunca ser nada.

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