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En la mesa mi padre comenta que siempre ha estado ahí, en el piso de arriba. Quizás por no poder dedicar mucho tiempo a mirar alrededor y esforzarse en tareas más cotidianas, desagradecidas pero necesarias, nunca lo ha puesto en duda. “¿Y porqué no va a vivir ahí?, eso siempre lo ha sabido todo el mundo”, acierta a decir mientras una lenteja le baila en el escenario de carne.

Yo nunca lo he visto. Mi madre recuerda haberlo oído arrastrar algún mueble, oirlo hablar por el patio de luces o ver correspondencia en su buzón, “casi siempre cartas, cartas de las de antes.” Ella vierte el café en las tazas para llevarlo a la sala.

Mi hermano, siempre cauto, admite no haberse cruzado con él. Al momento añade “eso no quiere decir ni una cosa ni otra”. No le puedo sacar más.

Me acerco con mi tío a un rincón. Mientras recogen la mesa para colocar las tazas humeantes y algunos postres dedica un rápido vistazo al exterior por la terraza. “Al principio, al poco de mudarse tus padres, era distinto. Nadie sabe quién lo nombró presidente, pero durante bastantes años mandó en la comunidad. Y no había quien le llevase la contraria”. Cuando le pedí una calificación en pocas palabras él, sonriendo de medio lado, entre la suficiencia y el respeto, respondió “Altivo. Indomable.”

Aspirando su cigarrillo acude a la cocina, alguien le pide entre jaleo de cucharas que ayude a trasladarlo todo. Se aleja con paso alegre. Desfilo delante de las cortinas hasta decidir entrar al baño. Desde la pequeña ventana puedo ver su piso. Observo, y sólo puedo ver oscuridad en aquel apartamento del último piso. Alcanzo a recordar el tiempo en el que su hijo se trasladó al edificio. Era mucho más accesible. Siempre dispuesto a preguntar por la salud o a comentarte cualquier detalle del barrio que a un pequeñajo como yo se le había pasado por alto. Gracias a él los vecinos pudieron llegar a entender mejor a su padre, a verlo de otra manera. Es cierto que en ocasiones tenía algún comportamiento extraño. Dicen que frecuentaba malas compañías. Una noche vinieron a por él, y el escándalo fue mayúsculo. Dicen que el padre no pudo o no supo ayudarlo. De todas maneras creo recordar que no fue grave, al poco tiempo lo vieron de nuevo por el barrio.

Sigo mirando el apartamento. Sus asuntos los lleva un asistente, un albacea o algo parecido. Lleva al día sus facturas, participa en su nombre en las decisiones y de un tiempo a esta parte se queja, sin esforzarse en disimularlo, de que los nuevos vecinos no tienen demasiado en cuenta la forma de hacer las cosas. Su forma. O la de su representado.

Allí arriba parece no haber nadie. Cuando salgo del baño la mesa está dispuesta para seguir con los codos apoyados hasta que se ponga el sol. Allí se arregla nuestro mundo. Chistes o lamentos, según el día. Pero siempre hay un sitio libre pare él en la cabecera de la mesa. Muchos en casa piensan que un día nos visitará.

Si ocurre creo que encontrará el café frío. Y por lo que dicen tenía bastante carácter.

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