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Hoy he visto a gorriones llevarse la carne de tu casa, a pedazos, en el pico. Les cuesta remontar el vuelo cargando con ladrillos que, en su ausencia, dejan ver lo vacío de tus estancias. La gran casa de marrón violento deja ver, entre sus caries, un cielo macilento.

Te marchaste, huyendo, sin dejarme tiempo de querer agarrarte. Cerraste tu voz antes de poder aprender su melodía, tu tono, y pudiera tararearla. Ahora has dejado el trabajo a los pájaros del olvido y estos, atareados, están picoteando tu memoria.

Planeaste sobre mi cabeza un segundo para perderte en la niebla. Mi recuerdo no tendrá, cimientos. Un esqueleto sin carne que arrastrará el viento a una vida de distancia.

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