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(Primera parte del texto leído durante el Día Mundial del Medio Ambiente 2012 en Málaga.)

UNO.

La naturaleza tiene la mala suerte de no tener cejas. Una planta no grita cuando se le corta. No tiene manos para pelearse y sus espinas sólo provocan que nos preguntemos el porqué nos ataca esa mala hierba. No sienten ni padecen, o eso nos parece. No tenemos la habilidad de encontrar el dolor en los nervios de una hoja.

* * *

Hoy he visto desde la ventana a un hombre viejo de paso arrastrado agacharse en contra de sus huesos. No era dinero olvidado lo que le precipitaba a tocar el suelo con la punta de los dedos. El esfuerzo lo provocaban una serie de fuertes tallos nacidos en paralelo, perdiéndose en la tierra a través de las cicatrices abiertas entre la acera y un muro. Plantas de un verde vibrante para sus cansados ojos.

Con manos congestionadas y nudillos de acantilado estrangulaba los tallos. Un tirón y después otro más. Hasta mi altura llegó el sonido de la herida verde, no se si llegó por mi oído o por un canal interior que no se localizar.

El cadáver se quedaba solo un segundo en su mano. Aún encorvado dejaba caer el tallo amputado, inerte e inerme, a un suelo de cemento donde solo los estúpidos piensan en echar raíces.

Aquel viejo no quería para nada el trofeo vegetal. No tenía intención de subir la planta a casa y mudarla a una maceta o hacerlo formar parte de un jarrón efímero de plantas encontradas. Aquella mañana necesitaba sentirse superior a aquellos matojos, silvestres y descarados, empeñados en sobrevivirlo.

Continuó escalando la calle empinada con paso de animal extinto, apostando sus huesos en su lucha contra lo vivo. Odiando los árboles que no alcanzaba a decapitar, ancianos eucaliptos que, con sorna, le saludaban a su paso.

Esa mala hierba ya ha agarrado en muchos de nosotros. Una enredadera que exprime el sentido común y nos disfraza del caballo de Atila. Un género que se afana en arrancar lo verde porque no combina bien con el apagado cemento.

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