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Aquella mañana clara, de edificios recortados contra el cielo, decidió bajar persianas y correr cortinas. Cuidadoso, tapó cada resquicio curioso de luz exterior con periódicos viejos y cinta adhesiva. Al final sus manos tuvieron que recordar los rincones de su casa.

A oscuras, cuando no quiso caminar más, ocupó un punto vago del suelo. La tiniebla aprendió el ritmo de su respiración y las paredes de su hogar se convirtieron en músculo. Vio filamentos negros recortados contra la nada desfilar en procesión por detrás de sus párpados.

Por unos instantes no fue nadie.

Intuyó un leve reflejo del color de la madrugada en una esquina de su mente. Corrió a su encuentro, esperando encontrarse. Pero aquel ser era casi un desconocido con el que solo se había cruzado en algunos despertares.

Siguió buscándose, sin saber si se reconocería.

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