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Al caer la tarde los estorninos se arremolinan en los edificios más altos. Allí, fieles a su compromiso social, se dejan caer sobre una espigada antena recortada en el pacífico cielo violeta.

Allí comentan el día en palcos de aluminio y equilibrios de alambre. Si se quedan sin temas solo necesitan sintonizar con sus patas la corriente del mundo.

Espantados por el mundo de humanos vuelan en formación de ameba, estorninos negros contra el cielo que se apaga. Ansían esconderse en la cabeza de su árbol para poder captar la emisión de la tierra.

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