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SEGUNDA OBRA.

Un mar agitado toma el pie del cuadro. Cada paletada es una ola violenta y a cada explosión de espuma el pintor ha dedicado largo rato, minucioso a la hora de colocar gotas que no existen. El agua construida con pigmentos y aceites mezcla tonos de cemento, acero, cristal y moho. Pese a la elección de tonos su fuerza reclama la primera atención del espectador siguiendo la tradición de naufragios románticos.

Descubrimos entonces una construcción, motivo fundamental de la obra. Su metal dorado resalta contra el cielo tormentoso de humos atrapados contra la tela. Cuatro fuertes ancas de potro, esculpidas con trazos brutos, sostienen el ovalado abdomen de una abeja. La imagen animal parece presentar sus respetos ofreciendo las patas delanteras, sumergidas en el mar revuelto. El óvalo muestra molduras en los costados, como si estuviese construido por sillares o contara con departamentos.

Sin fisuras visibles, en el lomo del animal metálico se levanta una ciudad. Una visión torpe de una metrópolis sacada de un molde hecho de recuerdos. Los edificios se levantan como lingotes y no se aprecian puertas o ventanas. El escultor imaginado en el que se inspiró el pintor para conseguir la figura debía haber visto aquella ciudad a través de la niebla.

No queda claro el mensaje de la obra, tal vez no lo haya. Puede ser el retrato de una civilización a lomos de un caballo de troya descabezado que, sin ojos, ha terminado en el mar. Quizás la imagen haya sido robada de un sueño. O solo es una estampa.

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