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El insomnio me asomó a la ventana. El perfil de la ciudad ahuyentaba con teas eléctricas el bocado de la noche sin estrellas. Pequeños y mentirosos relámpagos oscilaban en salones rezagados. Bajo uno de ellos y escupido por una esquina, un hombre en llamas se dejó llevar por la pendiente.

Lo observé recorrer el escenario con sus zapatos intactos. Los mismos gritos mudos que lo habían encendido le impedían pedir ayuda. Encogió las hojas de algunas ramas a su paso por un jardín y se escondió tras un archivador de gente aparentando dormir. Pude seguir su ruta, delatada por un resplandor dorado en las fachadas, hasta que dejó el barrio.

Vi arder las yemas de mis dedos y temiendo convertirme en pavesa, busqué un rincón apartado de la casa. Allí grité hasta asustar al cemento.

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