Etiquetas

,

Desde las orillas de la ciudad los edificios se ven pequeños, son miniaturas expuestas en una inmobiliaria. De pie en un aparcamiento a la deriva puedo contar ventanas con las yemas de los dedos. A esa distancia los habitantes y sus preocupaciones son minúsculas.

El sol se está escondiendo entre verjas metálicas. Llega el momento de que me alcance esa ciudad lejana.

La ciudad se avalanza con rumor de caucho y asfalto. Mi pulgar ya no oculta las ventanas; han crecido hasta desbordarme la mano. Ahora yo soy la miniatura y en el diorama conduzco un coche de plástico sobre una pegatina gris. La memoria me obliga a distinguir mi destino entre fachadas calcadas.

Mi casa se conmueve con el crujir de las llaves en la cerradura. Allí están mis preocupaciones tapizando las paredes, cubriendo el techo, cegando las ventanas.

Siguen allí. Justo donde las dejé.

Anuncios