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Las paredes cuarteadas, fundidas a negro a metros por encima de los ojos, esconden la mayor de las recompensas. No es un acertijo complicado. Basta con observar uno de los lados para encontrar un círculo taladrado, destrozando la piel de papel y la carne de cemento.

Basta introducir la mano en ese hueco y agarrar el regalo. Pero al acercarse la construcción enseña sus colmillos de piedra. Rodean el camino al éxito. La piedra corta a la propia vista.

Sigue estando ahí, a un palmo. Perder la mano de vista entre los dientes de cemento y agarrar el hipotético trofeo dorado.

He perdido la cuenta de quienes se han dado la vuelta sin ni siquiera probar.

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