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Su voz surgió a mi espalda mientras el encuentro invisible enfriaba mi café. No logré saber si me dirigía sus palabras, pero por su volumen y tono así lo temí.

“Oyeme. No te conozco ni tú a mí. Quizás no volvamos a vernos. Aún así debes seguir cada una de mis directrices.”

Y en mi oido desgranó consejos vitales. Posturas filosóficas, quehaceres diarios, guías sentimentales y sexuales. Usos, costumbres, fobias y alineaciones. Su voz fue constante como una rueda extrayendo esas palabras de unas aguas profundas, ajenas incluso a él.

“Debes cumplirlo todo. Aunque no vuelva a saber más de ti y en realidad no me importes.”

Tras eso enmudeció y se marchó al momento. Seguí mirando al frente por temor a contrariarlo. Se oscureció la calle y al fin reuní coraje para levantarme.

Aún hoy sigo sus mandatos. No ví su cara, podría ser cualquiera.

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