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PRIMERA OBRA.

En el cuadro un hombre avanza con esfuerzo a través de un jardín. A sus pies la vegetación tiene tonos esmeralda y conforme ascienden unos troncos de paletadas nerviosas las hojas mezclan pinceladas de azul ultramar. El traje del hombre apenas es gris, el bosque está a punto de inundar su tejido con el verde imperante. Pese a las fauces vegetales el hombre camina con la vista puesta al frente. Su linea de visión atraviesa el marco a las diez en punto. El hombre lleva los bolsillos llenos, una rosa blanca en el ojal y un inútil bastón al hombro.

En la parte izquierda se abre un nuevo peligro, un talud descarnado con bordes en color hueso roto. Las vigorosas manchas alteran el tono general, pues los dientes de piedra alumbran la escena. El fondo es brumoso, indefinido, un despliegue de pinceladas verticales truncadas cruzadas por venas vegetales en tonos de gris.

Ni el mejor botánico podría poner nombres a las manchas que se asemejan a hojas hostigadas por la brisa pintada con un pincel vacío. Pertenencen a los recuerdos distorsionados del pintor. Entre las copas se advierten unas ventanas encendidas. Los rostros de los nobles a ellas asomados presentan más detalles que las hojas en primer plano. Es la luz de vela que rompe las hojas. Asisten divertidos al camino inventado por el tonto.

Un cartel advierte del peligro. Sus letras rojas parecen ladrar. El hombre mantiene el paso al frente. Está esperando a que usted deje de observar.

Quiere cometer su error en privado.

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