En el gran salón en penumbra interpreto canciones ajenas acariciando las teclas de un pequeño piano desvencijado. No me satisfacen, me suenan a canciones pegadizas de anuncios olvidados.

Llegado cierto momento me planteo abandonar. Es entonces cuando sus caras emergen de las fronteras de la sombra con gesto lastimoso. “Siga, estamos pasando un rato delicioso”. Todos asienten mientras la luz, de por sí escasa y gris, disminuye borrando la habitación.

Vuelvo a colocar los dedos como el cocinero primerizo añade especias. La campana de luz se refuerza y puedo oír, bajo las teclas, sonrisas contenidas y murmullos satisfechos.

Alguien les dirá en algún momento que nunca he sabido tocar el piano.

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