Me topé con unos vecinos desconocidos reunidos en torno a un viejo con la mandíbula descolgada en claro gesto de sincero hastío. Guardando un orden inédito, aguardaban su turno para conversar con él en tono de confesión. Desatendiendo los restos de cautela me interné en el grupo para satisfacer mi curiosidad.

Se flexionaron ante el viejo personas de todo oficio y procedencia. Cada uno partió con su propia sonrisa copiada de los demás. Llegado mi turno encontré a mi espalda tanta gente como al comienzo. Más de uno repetía la experiencia.

Me observó con desgana y brazos caídos. Aproximé el oído a su boca sin saber si era lo adecuado. “Pistacho” dijo al principio. “Moldura, llovizna pretérita” concluyó. Me alejé del lugar con cierta sensación de estafa gratuita.

Al llegar a la siguiente esquina lo entendí todo. El señor tenía razón: soy una persona maravillosa.

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